Santo Domingo
Domingo 11 de junio del 2006
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EDITORIAL
Un crimen que nos llena de estupor

Si la ciudadanía, pacíficamente , se ha movilizado para rechazar este horrendo crimen, la autoridad tiene que completar el esfuerzo desplegando todas sus energías hasta que los verdaderos asesinos sean atrapados

Estupor, impotencia y dolor estremecen a esta sociedad ante el imperdonable crimen de la joven santiaguera Vanessa Ramírez Fañas, otra víctima de la ola delincuencial que no nos da tregua.

Unos bandidos sin corazón le dispararon tres tiros mortales para robarle un teléfono celular.

No sabían que mataban a una joven pura y noble que, con apenas 18 años, seguía los pasos de sus padres en la carrera de Medicina y se distinguía en Santiago por la dulzura y generosidad de trato.

Unos tres sinvergüenzas, desalmados e irracionales, la interceptaron en las proximidades de su vivienda y descargaron su fuerza brutal contra ella en un modo de atraco que se va haciendo frecuente y típico en nuestras calles.

Cobardes al fin, sin importar la ventaja del acecho y la inocencia de la joven, le entraron a balazos y, con ello, le quitaron al país una esperanza.

La sociedad de Santiago, a la que sus padres, los doctores Juan Ramírez y Rosaida Fañas, le han servido como médicos y filántropos, ha reaccionado unánime con gran indignación y duelo.

Y lo patentizó de inmediato con una marcha por varias calles en demanda de que las autoridades aprieten las tuercas de la lucha contra la delincuencia, que parecen ganarla los delincuentes con impunidad y con el temor que crean entre todos los ciudadanos.

El Gobierno, a través de sus órganos represivos, debe dar una respuesta contundente a este inaceptable desafío de los delincuentes, disponiendo una intensa persecución hasta que sean reconocidos y apresados para que la justicia se ocupe de darles su merecido.

Eso es lo que aconseja el Código, pero los delincuentes no entienden de reglas legales ni de derechos humanos. Sólo entienden por la fuerza y sólo se persuaden ñsi acasoñ cuando la autoridad ofrece una prueba severa de no tolerancia al crimen o al delito, en sus variadas formas.

Si la ciudadanía, pacíficamente , se ha movilizado para rechazar este horrendo crimen, la autoridad tiene que completar el esfuerzo desplegando todas sus energías hasta que los verdaderos asesinos sean atrapados.

Por las buenas o por las malas, no importa. Esta sociedad no aguanta más burla ni más asesinatos y atracos descarados y brutales.
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