Santo Domingo
Domingo 11 de junio del 2006
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LA GENERACION
Veinteañeros y divorciados
SORANYI CAMPAÑA
 
El fenómeno en América Latina crece cuantitativamente, aunque no al ritmo de otros países.

SANTO DOMINGO.- Ambos cursaban el quinto semestre de sus carreras en la universidad, mantenían una relación amorosa muy estable desde el colegio que los condujo por los caminos del amor y la pasión. Martha y Carlos, de 21 y 22 años, respectivamente, entendían que con sus tres años y medio de noviazgo estaban lo suficientemente enamorados para casarse y decidieron asumir ese reto, incluso obviando la oposición de sus padres.

“No importa, ¡el amor lo puede todo!”, era el lema que les impulsaba y repetían en cada momento.

Todo marchaba bien al principio, pero al poco tiempo se presentaron inconvenientes que deterioraron su matrimonio al punto de disolverlo.

Ahora los amigos de la pareja se preguntan: “¿Qué sucedió con el amor que ambos se profesaban?”.

El matrimonio es una de las decisiones más importantes en la vida de un ser humano, un compromiso que implica cambiar la vida individual por una compartida con el ser amado, pero lamentablemente el amor no es suficiente para asumir este tipo de realidades.

Al igual que en el relato, muchas parejas de jóvenes, arrastrados por la energía y la fuerza que dan los años noveles, confunden los sentimientos y toman decisiones sin conocer el verdadero grado de responsabilidad que esto amerita. En pocas palabras y dicho de una forma más coloquial, “con el primer afixie se la quiere llevar”, sin antes haber logrado ciertos elementos que fortalecen cualquier relación sentimental.

La tan necesaria madurez
“Para dirigir y acoplarse en una institución tan compleja como el matrimonio es preferible que la pareja haya alcanzado una madurez emocional, lo cual va a permitir que sean capaces de reflexionar cuado se presenten las diferencias y puedan comprenderse”, comentó el psicólogo Mauro Castillo.

Lamentablemente, una relación matrimonial que carezca de estos aditivos tarde o temprano correrá el riesgo de caer en el abismo del divorcio, un proceso doloroso y traumático que marca significativamente la vida de quien ha atravesado por él, y peor es el caso si se presenta en veinteañeros, la plena flor de la juventud, cuando en ocasiones la personalidad aún no está bien definida.

“El divorcio siempre deja huellas emocionales y traumáticas, como son fuertes depresiones, frustraciones, amor trunco, angustia, ideas de fracaso y hasta suicidios”, señaló el doctor.

En otros casos, los divorciados asumen prácticas de total represalia contra los del sexo opuesto, por ejemplo, toman actitudes de “casanova” y “Don Juan”, procurando herir emocionalmente a cuanto ser se cruce en su camino.

A otros les resulta muy difícil entablar nuevas relaciones y se circunscriben a un mundo donde el amor es el enemigo al cual se debe “evitar”, por ello su frase es “No me volveré a enamorar”.

 

 

 
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