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SANTO DOMINGO.- Ambos cursaban
el quinto semestre de sus carreras en la universidad,
mantenían una relación amorosa muy estable
desde el colegio que los condujo por los caminos del
amor y la pasión. Martha y Carlos, de 21 y 22
años, respectivamente, entendían que con
sus tres años y medio de noviazgo estaban lo
suficientemente enamorados para casarse y decidieron
asumir ese reto, incluso obviando la oposición
de sus padres.
“No importa, ¡el amor lo puede todo!”,
era el lema que les impulsaba y repetían en cada
momento.
Todo marchaba bien al principio, pero al poco tiempo
se presentaron inconvenientes que deterioraron su matrimonio
al punto de disolverlo.
Ahora los amigos de la pareja se preguntan: “¿Qué
sucedió con el amor que ambos se profesaban?”.
El matrimonio es una de las decisiones más importantes
en la vida de un ser humano, un compromiso que implica
cambiar la vida individual por una compartida con el
ser amado, pero lamentablemente el amor no es suficiente
para asumir este tipo de realidades.
Al igual que en el relato, muchas parejas de jóvenes,
arrastrados por la energía y la fuerza que dan
los años noveles, confunden los sentimientos
y toman decisiones sin conocer el verdadero grado de
responsabilidad que esto amerita. En pocas palabras
y dicho de una forma más coloquial, “con
el primer afixie se la quiere llevar”, sin antes
haber logrado ciertos elementos que fortalecen cualquier
relación sentimental.
La tan necesaria madurez
“Para dirigir y acoplarse en una institución
tan compleja como el matrimonio es preferible que la
pareja haya alcanzado una madurez emocional, lo cual
va a permitir que sean capaces de reflexionar cuado
se presenten las diferencias y puedan comprenderse”,
comentó el psicólogo Mauro Castillo.
Lamentablemente, una relación matrimonial que
carezca de estos aditivos tarde o temprano correrá
el riesgo de caer en el abismo del divorcio, un proceso
doloroso y traumático que marca significativamente
la vida de quien ha atravesado por él, y peor
es el caso si se presenta en veinteañeros, la
plena flor de la juventud, cuando en ocasiones la personalidad
aún no está bien definida.
“El divorcio siempre deja huellas emocionales
y traumáticas, como son fuertes depresiones,
frustraciones, amor trunco, angustia, ideas de fracaso
y hasta suicidios”, señaló el doctor.
En otros casos, los divorciados asumen prácticas
de total represalia contra los del sexo opuesto, por
ejemplo, toman actitudes de “casanova” y
“Don Juan”, procurando herir emocionalmente
a cuanto ser se cruce en su camino.
A otros les resulta muy difícil entablar nuevas
relaciones y se circunscriben a un mundo donde el amor
es el enemigo al cual se debe “evitar”,
por ello su frase es “No me volveré a enamorar”.
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