Después
que pase el vendaval político que estremece al
Partido de la Liberación, todos ellos -los protagonistas-
quedarán en santa paz. Danilo y Leonel se las
ingeniarán para volver a ser lo de siempre y
seguir hermanados por vínculos muy superiores
a estas contingencias de coyuntura.
Así ha sido siempre y las cosas no cambiarán,
a menos que se presenten grietas insalvables que de
pronto no se prevén. Se buscarán fórmulas
que hagan posible un avenimiento y los intereses particulares
pasarán a un segundo plano.
La experiencia nos enseña que esas confrontaciones
preelectorales se superan en los momentos cruciales
de los procesos políticos. Si no, echemos una
mirada atrás y empecemos por Balaguer y Lora,
en los albores de la Era reformista, y más recientemente
pasó lo propio en el perredeísmo con el
intento reeleccionista de Mejía.
Ese partido terminó con la patana llena de gente
que se pasó meses y hasta años satanizando
la repostulación para luego hacer el ridículo
como compañeros de una fórmula perdida
de antemano. El problema de estos enconos políticos
se produce entre gente de la periferia.
En este tipo de antagonismo fratricida ruedan afectos
de toda la vida, se rompen lazos familiares, muchos
compañerismos se van a la porra y las heridas
jamás se restañan, como logran hacerlo
los líderes. Por supuesto, la pequeñez
de mira de algunos fanáticos en esos grupos peledeístas
agravan mucho más esa situación y se introduce
el aguijón de la envidia y la mediocridad para
abrir una zanja que jamás logra superarse, a
pesar de los años.
En la actualidad los peledeístas pasan por un
momento crítico en sus afectos más íntimos.
Se entrecruzan sentimientos tan disímiles como
la relación primaria y la conveniencia partidaria,
al extremo de que algunos de los más tradicionales
dirigentes de ese partido se han marginado del proceso
para no caer en la refriega. Hay, sin embargo, gente
de la periferia que alimenta la división, en
particular algunos vinculados a la comunicación
social.
Estos se la están jugando con toda pasión
y no les importa si en el camino van dejando antiguas
amistades y solidaridades para asumir posiciones vanguardistas
por encima de los propios líderes de los grupos.
Lo malo es lo que viene después. Porque así
como hay vagabundos que olvidan todos los agravios,
por graves que sean, hay periodistas de verdad que simplemente
dicen: ¡En la bajadita te espero! Y aunque no
aniden rencores, jamás perdonan las ofensas personales
o profesionales. Así será...
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