Después de décadas y siglos de ser víctimas
de prejuicios y marginación, las mujeres se han
convertido en actoras de un exitoso y cada vez más
amplio espacio de protagonismo, imponiendo su talento,
calidad y capacidad de trabajo hasta alcanzar las más
altas cumbres de representatividad en todos los campos.
Hoy por hoy, son muchas las mujeres que ocupan posiciones
de liderazgo en empresas, organismos y todo tipo de
entidades con un nivel de eficiencia que en nada tiene
que envidiar a sus pariguales del sexo opuesto, y en
no pocos casos marcando ventaja.
El espíritu de superación
de las féminas está reflejado en este
solo hecho revelador: tanto aquí como en la mayoría
de los países donde no son objeto de discriminación
cultural, la cantidad de mujeres que estudian al presente
en las universidades supera con mucho a la de los hombres.
El poder político, que era posiblemente el último
y más fuerte reducto de resistencia que enfrentaban
en el camino de su liberación y reconocimiento
de igualdad, ha venido cediendo un espacio cada vez
mayor a mujeres talentosas y luchadoras que han sabido
ganarse ese derecho venciendo innumerables obstáculos.
Los ejemplos están a la vista. Michelle Bachelet
ocupa la presidencia de Chile por vía del sufragio,
después de haber demostrado su calibre como miembro
del gabinete de su predecesor, el muy popular Ricardo
Lagos. Otra dama, de nombre casi impronunciable, preside
por segunda ocasión consecutiva la nevada y distante
Finlandia.
El gobierno de la pujante Alemania, una
de las primeras economías del mundo, es dirigido
por Angela Merkel, quien al igual que la Bachelet, accedió
al cargo a través del ejercicio electoral. En
Nueva Zelandia, el cargo de Primer Ministro es ocupado
por tercera ocasión consecutiva por Helen Clark,
seleccionada por la revista Forbes como una de las veinte
mujeres más poderosas del mundo. Antes de ello
sirvió por nueve períodos seguidos en
el Parlamento del país oceánico.
La francesa Michelle Montas, viuda del asesinado periodista
haitiano Jean Dominique, acaba de ser nombrada vocera
oficial de las Naciones Unidas. Ya antes de eso se había
desempeñado por una temporada como vocera del
Presidente de la Asamblea General del organismo. En
Francia, la economista Segolene Royal, de larga militancia
socialista, aparecerá en la boleta como candidata
a la presidencia en las próximas elecciones.
Las encuestas le otorgan actualmente un
52 por ciento de preferencia del electorado. Y en el
país más poderoso del mundo, los Estados
Unidos, por vez primera en más de 200 años,
una mujer pasa a presidir la Cámara de Representantes:
la popular legisladora demócrata Ana Pelosi.
Más aún, el coloso norteño pudiera
estar abocado a un hecho sin precedentes en su historia:
el de que una mujer, la talentosa Hillary Clinton, considerada
paradigma de la mujer de éxito, alcance la más
alta magistratura de la nación. Sería
también el primer caso en que una pareja de esposos
desempeña la Presidencia de los Estados Unidos.
Los señalados son ejemplos vitales
y palpables de los avances logrados por la mujer en
las últimas décadas gracias al talento,
valor y tenacidad de que ha hecho gala para vencer prejuicios
absurdos y echar por tierra la falsa concepción
de su inferioridad frente al hombre. Los hechos demuestran
que no es así, y en muchos casos, todo lo contrario.
Bien por ellas, y en particular por las mujeres nuestras
que en el escenario local cada día ganan mayores
y merecidos espacios en el desempeño y conducción
de las más diversas y complejas actividades.
En el caso de las mujeres, bien cabe aplicarles el lema
de e pa’lante que van.
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