| Cuando
yo era un niño, la esperanza de la Navidad estaba
centrada no tanto en los Reyes Magos como en La Vieja
Belén. Un barrio de pobres se acomoda a la razón
de la miseria. Los Reyes Magos desfilaban montados en
sus caballos, y recorrían las calles del sur
de Villa Francisca, de la avenida Mella hacia Ciudad
Nueva. En vez de ser visitados por ellos, teníamos
que hacerlo nosotros, porque estos magos de marras jamás
traspasaron la frontera de la avenida Mella norte. Ya,
desde entonces, fuimos abandonados por la tradición.
Padres con deseos de que sus hijos llegaran lo más
rápido posible al sur de la ciudad, se apresuraban
para que sus pequeños presenciaran el extraño
mundo inventado por los bomberos de entonces, y todavía
vigente. Las imágenes que regalaban de alguna
manera eran la de los seres que nos visitarían
en la noche del 5 de enero. Cuando el juguete caro del
sur de la avenida Mella hacía su aparición,
el artefacto pobre, generalmente, estaba presente de
manera tímida en las casas de los depauperados.
En los países subdesarrollados, la miseria se
da a la inversa, mientras que el sur es rico, el norte
es pobre.
Los que teníamos la suerte de que uno de los
reyes se equivocara y nos negara un par de patines,
o una pistola de agua, comprendíamos que los
magos no eran tan justos. El argumento era entonces
una excusa banal: la Vieja Belén vendría
el domingo siguiente con una partida de juguetes para
los que se habían quedado sin el gozo de compartir
en el momento necesario, preciso, la alegría
del Día de Reyes.
En las casas con frente de calle era más común
ver a los muchachos con juguetes importados. En las
de los patios y en las llamadas “cuarterías”,
los simples juguetes de madera, las muñecas del
Mercado Modelo, y las pobres colecciones de “jacks”,
con pelotitas de goma y fichas erizadas de plomo o de
hierro colado, encantaban a las niñas. Las pelotas
con una suerte de goma o elástico montado sobre
una raqueta rústica, eran un regalo de pobres,
lo mismo que los trompos de madera a los que todos éramos
aficionados, porque era posible transformarlos en objetos
para el juego bélico de infancia, reforzándolos
con puntillas de zapatero que les daban un aspecto metálico,
y cambiándoles la punta roma para implantarle
una nueva hecha con un clavo a la vez reformado y transformado
en el objeto clave para que alcanzara las características
de objeto capaz de bailar en la palma de la mano, de
quedar “seíta” o sedita, útil
en el juego colectivo.
La Vieja Belén nunca fue representada en un
desfile. Desde el mismo día de la Navidad el
propio Niño Jesús, cooperando con su propio
nacimiento, repartía juguetes. En Santiago era
tradicional y lo es aún. Pero en Villa Francisca
los reyes y la posterior Vieja Belén llevaban
la delantera en eso de presentarse con la carga al hombro.
La pobreza de la Vieja era tal que no exigía
nada. En esto su humildad era muy superior a la de los
reyes magos, los cuales pedían o exigían
tabaco, algún ron escondido, o quien sabe qué
regalo envuelto en las satisfacciones de la dieta navideña.
La Vieja Belén venía, silenciosa, y aunque
su carga fuera humilde, era un signo de la esperanza
anónima. Su llegada era misteriosa, mística,
no tenía camellos, ni trineos, ni caballos nocturnos.
Cuando se hablaba de la Vieja Belén se hablaba
de la triste condición de la pobreza. Los que
no alcanzaron el regalo de los reyes esperaban ansiosos
a la Vieja. Era cuestión de honor. “A mí
me pone siempre La Vieja Belén”, se escuchaba
decir. Mientras tanto los favorecidos por los Reyes
Magos hacían gala de sus juguetes, y en ocasiones
se oponían a que los menos favorecidos pudieran
usarlos.
El ego infantil, tan terrible como el adulto, se levantaba
dando paso, sin saberlo, a la condición de clase.
Por fin, el domingo siguiente a la llegada de los Reyes
Magos, hacía presencia la invisible Vieja Belén,
sin imagen, sin que nadie supiera en realidad cómo
era, aunque sin dudas, adoraba de algún modo
al niño, castigaba en ocasiones sin dejar regalos
a nadie, y lo más triste, a pesar de su gran
sentido de la justicia, era ella sola contra los Reyes
Magos, los que poseían recursos enormes, mientras
que la Vieja apenas podía traer regalitos simples.
Cuando en casa hubo una crisis económica sin
igual, allá por los años cuarenta, mi
padre me avisó que ese año me pondría
la Vieja Belén. Salí a la calle el Día
de Reyes, y pude compartir con algunos de los muchachos
del barrio. Por suerte a algunos les regalaron bates,
pelotas, guantes, y eso permitía que pudiéramos
participar colectivamente aunque no tuviéramos
juguetes.
A la Vieja Belén no se le pide nada, ella es
quien decide. No se le escriben cartas, pues no sabe
leer. No se le coloca hierba debajo de la cama, pues
no hay rumiantes en su visita. Ese domingo del año
1943 encontré debajo de mi cama un Nuevo Testamento,
y una pistola de madera, mal hecha, pintada con pintura
Sapolín, y entendí que la Vieja Belén
estuvo en la avenida Mella, en casa de Chicho el carpintero,
quien fabricaba estos juguetes y los vendía en
un zaguán de una vivienda cercana a la calle
José Trujillo Valdez de entonces. El Nuevo Testamento
había sido propiedad de mi abuela, y no podía
esconder su procedencia.
Rompí en lágrimas. Mi padre tuvo que
explicarme que a mi edad no existían ya ni reyes
ni viejas. La inocencia rota asomaba en sonidos de llanto
angustioso. “No puedes decirle a tus amigos que
esas cosas son de la imaginación, son bonitas
pero terminan un día”. Mi ingenuidad había
llegado lejos en una sociedad casi pre- capitalista
en la que todavía existían los duendes,
las hadas, y los gnomos, y las sombras de los muertos
trasegando carcajadas en los callejones del barrio.
Largos años luego, viviendo en Italia, conocí
a la Vieja Belén. Me di cuenta de que la tradición
italiana del siglo XIX la había traído
a nuestro país y de que aquello era uno de los
aportes más bellos de Italia a Santo Domingo.
Investigué el fenómeno leyendo y mirando.
Escribí sobre el origen de esta bella leyenda.
Tuve la dicha de que uno de mis trabajos sobre La Vieja
Belén fuera reproducido por monseñor Rafael
Bello Peguero y repartido entre sus feligreses en épocas
navideñas.
Mis deseos, dada la extinción o casi extinción
de esta tradición, son los que podamos declarar
el domingo siguiente a cada seis de enero, como “el
Día de la Vieja Belén”; que los
ayuntamientos y comerciantes que viven del juguete,
lo rescaten, y que cada domingo posterior a reyes, la
Vieja vuelva, y que podamos un día contemplar
su estatua, representada por aquella bruja medieval
italiana que todavía recorre los pueblos de la
península con un saco al hombro en el que lleva
juguetes y carbón.
Juguetes para los buenos, y carbón para aquellos
niños que no pasaron el examen porque olvidaron
que el bien y el mal, muchas veces andan de manos y
que se necesita del buen comportamiento, para desechar
lo que en la vida es negativo para la sociedad.
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