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Miércoles, 10 de enero del 2007

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OPINIÓN
La imposible misión de Negroponte
Sergio Muñoz Bata

La nominación del embajador John Negroponte como subsecretario de Estado ha sido bien recibida en el Congreso, en las páginas editoriales de los principales diarios estadounidenses y en importantes foros de discusión como el influyente Council of the Americas.

Es posible que durante el proceso de confirmación de su nombramiento en el Senado, se le critique por no haber denunciado violaciones a los derechos humanos durante sus gestiones como embajador estadounidense. Lo que nadie anticipa es que el Senado se oponga a su ratificación.

De su historial de más de 40 años sirviendo a su país en Vietnam, Ecuador, Honduras, México y Filipinas; en el Consejo Nacional de Seguridad, en Naciones Unidas, en Irak y como jefe de los servicios de inteligencia, el consenso es que Negroponte es un experimentado diplomático de inteligencia excepcional y aguda astucia política que cumple sus funciones con rigor prusiano.

La presidenta del Consejo de las Américas, augura que “su profunda experiencia en Latinoamérica y su sostenido interés personal en la región continuarán vigorizando las políticas de la administración en el hemisferio occidental sin menoscabo de sus responsabilidades globales.” Varios factores conspiran contra la hipótesis del respetado Consejo.

Empezando porque el expediente de su gestión por los países del área es mixto. Pasó por Quito sin pena ni gloria entre 1973 y 1975, después de un extenuante turno en Vietnam. A Tegucigalpa llegó en 1981, a cumplir con las órdenes del presidente Ronald Reagan de establecer el centro de operaciones de su política en el istmo centroamericano. Negroponte organiza a la contra nicaragüense; apuntala al gobierno pro-norteamericano en El Salvador; ignora las violaciones a los derechos humanos en Honduras y boicotea el trabajo del Grupo de Contadora, formado por Colombia, México, Panamá y Venezuela. La ayuda militar estadounidense a Honduras sube de 4 a 77.4 millones de dólares en 1985.

Cuatro años después, la misión principal que George H. W. Bush y Bill Clinton le encomiendan en México, es lograr la aprobación del Tratado de Libre Comercio entre ambos países y Canadá. En los 4 años que dura su embajada, el mismo hombre que con tanta dureza había criticado a México por buscar la paz en América Central se convierte en su más eficiente promotor. En febrero de 2001, George W. Bush lo nomina como embajador ante Naciones Unidas.

El proceso de confirmación en el Senado no es fácil pero al término de su gestión en 2004, se le reconoce por haber logrado la aprobación unánime del consejo de seguridad de una resolución que exige el desarme a Saddam Hussein. De su corta gestión como embajador en Irak, puesto al que llega después de ser ratificado por el Senado por 95 votos contra 3, sólo hay alabanza. Mientras que en su trabajo al frente de los servicios de inteligencia no deja huella. Las filtraciones anónimas de la Casa Blanca señalan que lo que Bush y Condoleezza Rice quieren es que Negroponte se concentre en Irak, Corea del Norte y China, para que la secretaria de estado concentre su atención en el Medio Oriente. Y de América Latina, ni quien se acuerde.

La gran ironía sin embargo, es que mientras que la administración de Bush lo ha escogido para ejecutar la política del presidente, una buena parte de la opinión pública espera que con su reconocida habilidad política convenza al presidente que su política en Irak seguirá siendo un fracaso si continúa por la misma ruta.

 
 
 
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