La nominación del embajador John Negroponte como
subsecretario de Estado ha sido bien recibida en el
Congreso, en las páginas editoriales de los principales
diarios estadounidenses y en importantes foros de discusión
como el influyente Council of the Americas.
Es posible que durante el proceso de
confirmación de su nombramiento en el Senado,
se le critique por no haber denunciado violaciones a
los derechos humanos durante sus gestiones como embajador
estadounidense. Lo que nadie anticipa es que el Senado
se oponga a su ratificación.
De su historial de más de 40 años
sirviendo a su país en Vietnam, Ecuador, Honduras,
México y Filipinas; en el Consejo Nacional de
Seguridad, en Naciones Unidas, en Irak y como jefe de
los servicios de inteligencia, el consenso es que Negroponte
es un experimentado diplomático de inteligencia
excepcional y aguda astucia política que cumple
sus funciones con rigor prusiano.
La presidenta del Consejo de las Américas,
augura que “su profunda experiencia en Latinoamérica
y su sostenido interés personal en la región
continuarán vigorizando las políticas
de la administración en el hemisferio occidental
sin menoscabo de sus responsabilidades globales.”
Varios factores conspiran contra la hipótesis
del respetado Consejo.
Empezando porque el expediente de su gestión
por los países del área es mixto. Pasó
por Quito sin pena ni gloria entre 1973 y 1975, después
de un extenuante turno en Vietnam. A Tegucigalpa llegó
en 1981, a cumplir con las órdenes del presidente
Ronald Reagan de establecer el centro de operaciones
de su política en el istmo centroamericano. Negroponte
organiza a la contra nicaragüense; apuntala al
gobierno pro-norteamericano en El Salvador; ignora las
violaciones a los derechos humanos en Honduras y boicotea
el trabajo del Grupo de Contadora, formado por Colombia,
México, Panamá y Venezuela. La ayuda militar
estadounidense a Honduras sube de 4 a 77.4 millones
de dólares en 1985.
Cuatro años después, la
misión principal que George H. W. Bush y Bill
Clinton le encomiendan en México, es lograr la
aprobación del Tratado de Libre Comercio entre
ambos países y Canadá. En los 4 años
que dura su embajada, el mismo hombre que con tanta
dureza había criticado a México por buscar
la paz en América Central se convierte en su
más eficiente promotor. En febrero de 2001, George
W. Bush lo nomina como embajador ante Naciones Unidas.
El proceso de confirmación en el
Senado no es fácil pero al término de
su gestión en 2004, se le reconoce por haber
logrado la aprobación unánime del consejo
de seguridad de una resolución que exige el desarme
a Saddam Hussein. De su corta gestión como embajador
en Irak, puesto al que llega después de ser ratificado
por el Senado por 95 votos contra 3, sólo hay
alabanza. Mientras que en su trabajo al frente de los
servicios de inteligencia no deja huella. Las filtraciones
anónimas de la Casa Blanca señalan que
lo que Bush y Condoleezza Rice quieren es que Negroponte
se concentre en Irak, Corea del Norte y China, para
que la secretaria de estado concentre su atención
en el Medio Oriente. Y de América Latina, ni
quien se acuerde.
La gran ironía sin embargo, es
que mientras que la administración de Bush lo
ha escogido para ejecutar la política del presidente,
una buena parte de la opinión pública
espera que con su reconocida habilidad política
convenza al presidente que su política en Irak
seguirá siendo un fracaso si continúa
por la misma ruta.
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