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Miércoles, 10 de enero del 2007

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LA VIDA
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Mi último día en Burdeos
Carmenchu Brusíloff

A un par de cuadras en la antigua residencia del príncipe de Rohan, que desde 1837 es sede del Ayuntamiento de Burdeos, hay un moderno edificio que conecta en la esquina con una estructura de estilo antiguo, en la rue Freres Bonne. Me acerco para ver qué dice en sus indicaciones: en una placa, Tribunal de Gran Instancia; en otra, Escuela Nacional de la Magistratura. (Ambas identificadas en francés, claro está).

Desde mi perspectiva visual las veo conectadas exteriormente mediante una escalera de metal pintada de amarillo. Bajo ella desciende una escalonada cascada de escasa altura, cuyas aguas caen en un amplio estanque rectangular. En el pavimento extendido junto a él y hacia la acera, los niños juegan: montan patines, bicicleta, dan patadas a un balón...

La arquitectura del tribunal, indica un folleto turístico de esta ciudad francesa, es sorprendente: los siete salones de la corte están alojados en conchas de paneles de madera ahuecada sobre base de concreto. Lamentablemente, no puedo verlos. La escuela, en cambio, se aloja en el lugar donde estuvo el antiguo castillo de Ha, del cual quedan el muro de cortina y dos torres. Son los que llamaron mi atención como magníficos elementos antiguos que me tomaron de sorpresa.

Desde el banco en la calle, al que a la sombra me siento, veo cómo entre las copas y ramas de los árboles surgen esplendorosas las agujas de San Andrés. Tan pronto recuperé energías me propongo conocer el interior de esta bella catedral de arquitectura gótica, restaurada en el siglo XIX. Ubicada en el enorme espacio al aire libre de la plaza Pey-Berland, antes de entrar al templo busco su Puerta Real, del siglo XIII, en la cual se destaca una profusión de tallas.

Cuando en su interior me acerco a una mesa donde tienen a la venta postales y otros recuerdos del lugar, me agrada descubrir que hay tarjetas con la descripción en español. Sin descripción alguna a mano, luego de ver sin detenimiento alguno por falta de explicaciones, las capillas en el interior de la iglesia, salgo a mirar al exterior, a ocho metros de la catedral, su torre-campanario, construida a mediados del siglo XV. Abierta al público, para quien quiera ascender sus 231 peldaños, me limito a mirarla desde abajo. No estoy para tales trotes.

Desde aquí voy deambulando a mi aire por una que otra calle cercana hasta regresar al hotel. Que mañana salgo para Pauillac, un pueblo recoleto pero de muy buen vino, en el cual por esas cosas del destino, (la Guerra Civil en España), viví un tiempo, y en su iglesia me bautizaron. Aunque aún no he decidido si me voy en autobús, o si tomo un taxi.

Es que no tengo idea alguna de dónde estaría la parada del bus en Pauillac, donde a través de Internet me he enterado de que sólo hay cuatro taxistas. No puedo correr el albur de que a esa hora no aparezca ninguno. O de que el hotel quede lejos para poder ir a pie. La incógnita me obliga a un gasto mayor, y haciendo de tripas corazón pregunto a la recepcionista del hotel cuánto puede costar un taxi de Burdeos a Pauillac.

“Unos cien euros”. Es un ojo de la cara, -pienso-, tendré que recortar otros gastos, mas no puedo exponerme a acrecentar un problema de salud (el de mi hernia discal). A la mañana siguiente, un taxista conocido de Recepción acude a buscarme. En prevención a las curvas que puedan presentarse en el trayecto he tomado un Gravol.

No quisiera marearme
A la salida de Burdeos, un par de lagos que pudieran ser o no artificiales, se extienden a mi derecha. En este monótono paisaje es lo único que me resulta atractivo mientras adormilada miro desde el vehículo cómo vamos pasando por los diversos pueblos. Intento discernir los nombres.

De algunos puedo; de otros, no. Margaux, por ejemplo, me gusta con sus construcciones de techo de color pizarra, mientras después de Fort Medoc empiezan los viñedos y las rosas a llamar la atención. Es que las rosas que lucen tan hermosas sembradas al final de las hileras de vides, no están allí por paisajismo alguno, sino porque en caso de que dicha flor enferme esto indicaría que el vino podría tener problemas. No, no es asunto de magia. Es que hay similitud entre la rosa y la vid en cuanto a la propensión a enfermedades. .

 
 
 
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