A un
par de cuadras en la antigua residencia del príncipe
de Rohan, que desde 1837 es sede del Ayuntamiento de
Burdeos, hay un moderno edificio que conecta en la esquina
con una estructura de estilo antiguo, en la rue Freres
Bonne. Me acerco para ver qué dice en sus indicaciones:
en una placa, Tribunal de Gran Instancia; en otra, Escuela
Nacional de la Magistratura. (Ambas identificadas en
francés, claro está).
Desde mi perspectiva visual las veo conectadas exteriormente
mediante una escalera de metal pintada de amarillo.
Bajo ella desciende una escalonada cascada de escasa
altura, cuyas aguas caen en un amplio estanque rectangular.
En el pavimento extendido junto a él y hacia
la acera, los niños juegan: montan patines, bicicleta,
dan patadas a un balón...
La arquitectura del tribunal, indica un folleto turístico
de esta ciudad francesa, es sorprendente: los siete
salones de la corte están alojados en conchas
de paneles de madera ahuecada sobre base de concreto.
Lamentablemente, no puedo verlos. La escuela, en cambio,
se aloja en el lugar donde estuvo el antiguo castillo
de Ha, del cual quedan el muro de cortina y dos torres.
Son los que llamaron mi atención como magníficos
elementos antiguos que me tomaron de sorpresa.
Desde el banco en la calle, al que a la sombra me
siento, veo cómo entre las copas y ramas de los
árboles surgen esplendorosas las agujas de San
Andrés. Tan pronto recuperé energías
me propongo conocer el interior de esta bella catedral
de arquitectura gótica, restaurada en el siglo
XIX. Ubicada en el enorme espacio al aire libre de la
plaza Pey-Berland, antes de entrar al templo busco su
Puerta Real, del siglo XIII, en la cual se destaca una
profusión de tallas.
Cuando en su interior me acerco a una mesa donde tienen
a la venta postales y otros recuerdos del lugar, me
agrada descubrir que hay tarjetas con la descripción
en español. Sin descripción alguna a mano,
luego de ver sin detenimiento alguno por falta de explicaciones,
las capillas en el interior de la iglesia, salgo a mirar
al exterior, a ocho metros de la catedral, su torre-campanario,
construida a mediados del siglo XV. Abierta al público,
para quien quiera ascender sus 231 peldaños,
me limito a mirarla desde abajo. No estoy para tales
trotes.
Desde aquí voy deambulando a mi aire por una
que otra calle cercana hasta regresar al hotel. Que
mañana salgo para Pauillac, un pueblo recoleto
pero de muy buen vino, en el cual por esas cosas del
destino, (la Guerra Civil en España), viví
un tiempo, y en su iglesia me bautizaron. Aunque aún
no he decidido si me voy en autobús, o si tomo
un taxi.
Es que no tengo idea alguna de dónde estaría
la parada del bus en Pauillac, donde a través
de Internet me he enterado de que sólo hay cuatro
taxistas. No puedo correr el albur de que a esa hora
no aparezca ninguno. O de que el hotel quede lejos para
poder ir a pie. La incógnita me obliga a un gasto
mayor, y haciendo de tripas corazón pregunto
a la recepcionista del hotel cuánto puede costar
un taxi de Burdeos a Pauillac.
“Unos cien euros”. Es un ojo de la cara,
-pienso-, tendré que recortar otros gastos, mas
no puedo exponerme a acrecentar un problema de salud
(el de mi hernia discal). A la mañana siguiente,
un taxista conocido de Recepción acude a buscarme.
En prevención a las curvas que puedan presentarse
en el trayecto he tomado un Gravol.
No quisiera marearme
A la salida de Burdeos, un par de lagos que pudieran
ser o no artificiales, se extienden a mi derecha. En
este monótono paisaje es lo único que
me resulta atractivo mientras adormilada miro desde
el vehículo cómo vamos pasando por los
diversos pueblos. Intento discernir los nombres.
De algunos puedo; de otros, no. Margaux, por ejemplo,
me gusta con sus construcciones de techo de color pizarra,
mientras después de Fort Medoc empiezan los viñedos
y las rosas a llamar la atención. Es que las
rosas que lucen tan hermosas sembradas al final de las
hileras de vides, no están allí por paisajismo
alguno, sino porque en caso de que dicha flor enferme
esto indicaría que el vino podría tener
problemas. No, no es asunto de magia. Es que hay similitud
entre la rosa y la vid en cuanto a la propensión
a enfermedades. .
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