¡Que
el Señor Jesús traiga la paz que solamente
El puede traer al mundo, y que este año sea un
año perfecto como su número SIETE!
Celebramos este domingo La Fiesta del Bautismo de Jesús.
El que no tenía pecado quiso bautizarse para
darnos ejemplo de humildad, y enseñarnos que
debemos aceptar nuestra condición de criaturas
pecadoras.
El Bautismo nos brinda, además de la oportunidad
de limpiar nuestras culpas, de entrar a formar parte
de la Familia de Dios.
Isaías el profeta que más anuncia al Mesías,
al que había de venir, dice ya 14 siglos antes
de que sucediera: “En el desierto preparen un
camino al Señor; allanen en la estepa una calzada
para nuestro DiosÖpero la Palabra de nuestro Dios
se cumple siempreÖ Miren, el Señor Dios
llega con poder, y su brazo manda.” (Isaias 40,
3, 8, 9, 10)
Y esto se cumple en Jesús el día de
su Bautismo, cuando todos oyen una voz del cielo que
decía: “Tu eres mi hijo amado, mi predilecto”.
Es el mismo Dios quien testifica que Jesús es
Su Hijo Amado, y ni así lo reconocen como el
Mesías.
Juan sí lo sabía. Por eso no quería
creer lo que oía. Es Jesús mismo quien
le pide que le bautice, a él, quien proclamaba:
“yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”.
¡Cuanta humildad!
Vamos pues, también nosotros a reconocerle como
nuestro Salvador y Redentor, como el que iba a venir,
como el Mesías, el Señor. Y vamos a tratar
de parecernos un poco a El, en cuanto a su carácter
y hasta en su corazón.
Para nosotros, nuestro propio Bautismo debería
ser el compromiso de vivir como hijos de Dios y hermanos
de Cristo, cada día de nuestra vida. Pero somos
incapaces de aceptar este compromiso, que aunque fueron
nuestros padres los que lo asumieron pudimos confirmarlo
con el Sacramento de la Confirmación, cuando
ya teníamos entendimiento y voluntad para hacerlo.
El Señor Dios nos brinda hoy una nueva oportunidad.
Que este nuevo año 2007 sea mucho mejor que el
pasado. Y es que vivimos para crecer y mejorar y no
al revés. No debemos sentirnos orgullosos de
actuar egoístamente, ni de actuar de espaldas
a las necesidades de los demás. No debemos sentirnos
orgullosos de actuar solamente para servirnos con la
cuchara grande a expensas del dolor ajeno.
¡Renovemos nuestro Bautismo, convirtiéndonos
al Señor!
Y convertirnos al Señor, significa reflexionar
en lo que ha sido nuestra vida hasta ahora. Conservar
lo que merece ser conservado y cambiar lo que merece
ser cambiado. Preguntemos a los demás que viven
con nosotros. Ellos, si nos quieren de veras, nos lo
dirán. Aunque nos duela. Y es que la verdad siempre
duele.
Quizás es por eso que andamos rodeados
de tanta mentira y de tanta superficialidad. Tapando
con las apariencias. Y es queÖ¡Cómo
duele enfrentarnos con la verdad!
Pero, ¡solos no podemos! Debemos unirnos unos
con otros. Familias con familias, dándonos soporte
mutuamente. Solamente así nuestra sociedad podrá
ser la sociedad civilizada que quiere el Señor.
“¿Por qué gastan dinero en lo
que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da
hartura? Eso nos lo está diciendo todavía
hoy el Señor por boca del profeta Isaías
en el cap. 55, 2. Y es que:
¡Ya está bueno de consumismo irracional
e inconsciente!
¡Ya está bueno de crear necesidades falsas
o ficticias!
¡Ya está bueno de la ambición descontrolada
por tener más!
“Öque es lo que nos va ahogando en un inmanentismo
que nos cierra a las virtudes evangélicas del
desprendimiento y de la austeridad, paralizándonos
para la comunicación solidaria y la participación
fraterna” (Puebla No. 6).
“El deterioro de los valores familiares
básicos desintegra la comunión familiar
eliminando la participación corresponsable de
todos sus miembros y convirtiéndolos en fácil
presa del divorcio y del abandono familiar” Puebla No. 57).
“La persona humana está como lanzada
en el engranaje de la máquina de la producción
industrial; se la ve apenas como instrumento de producción
y objeto de consumo. Todo se fabrica y se vende en nombre
de los valores del tener, del poder y del placer como
si fueran sinónimos de la felicidad humana. Impidiendo
así el acceso a los valores espirituales, se
promueve, en razón del lucro, una aparente y
muy onerosa “participación” en el
bien común”. (Puebla No. 311)
Por el Bautismo, el cristiano deja “el hombre
viejo”, es decir, la indebida manera de situarse
ante Dios. Al identificarse con Jesucristo, entra en
una vida nueva que sabe que es eterna por ser un vivir
para Dios.
En este año nuevo que comienza, pidamos que
el hombre viejo muera en nosotros y renazca un corazón
nuevo lleno de amor y mansedumbre, de sabiduría,
fuerte, justo y pacífico, compasivo y misericordioso,
que seamos capaces de ser tolerante, pero firmes en
nuestra fe, Señor, “Ayúdanos a construir
un mundo en el que la vida del hombre siempre sea amada
y defendida” (Juan Pablo II). Amén.
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