Santo Domingo

Miércoles, 10 de enero del 2007

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RELIGIÓN / Quién está educando al pueblo?
“Tú eres mi hijo, a quien yo quiero"
Maruchi R. de Elmúdesi

¡Que el Señor Jesús traiga la paz que solamente El puede traer al mundo, y que este año sea un año perfecto como su número SIETE!
Celebramos este domingo La Fiesta del Bautismo de Jesús.
El que no tenía pecado quiso bautizarse para darnos ejemplo de humildad, y enseñarnos que debemos aceptar nuestra condición de criaturas pecadoras.

El Bautismo nos brinda, además de la oportunidad de limpiar nuestras culpas, de entrar a formar parte de la Familia de Dios.
Isaías el profeta que más anuncia al Mesías, al que había de venir, dice ya 14 siglos antes de que sucediera: “En el desierto preparen un camino al Señor; allanen en la estepa una calzada para nuestro DiosÖpero la Palabra de nuestro Dios se cumple siempreÖ Miren, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda.” (Isaias 40, 3, 8, 9, 10)

Y esto se cumple en Jesús el día de su Bautismo, cuando todos oyen una voz del cielo que decía: “Tu eres mi hijo amado, mi predilecto”. Es el mismo Dios quien testifica que Jesús es Su Hijo Amado, y ni así lo reconocen como el Mesías.

Juan sí lo sabía. Por eso no quería creer lo que oía. Es Jesús mismo quien le pide que le bautice, a él, quien proclamaba: “yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”. ¡Cuanta humildad!
Vamos pues, también nosotros a reconocerle como nuestro Salvador y Redentor, como el que iba a venir, como el Mesías, el Señor. Y vamos a tratar de parecernos un poco a El, en cuanto a su carácter y hasta en su corazón.

Para nosotros, nuestro propio Bautismo debería ser el compromiso de vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo, cada día de nuestra vida. Pero somos incapaces de aceptar este compromiso, que aunque fueron nuestros padres los que lo asumieron pudimos confirmarlo con el Sacramento de la Confirmación, cuando ya teníamos entendimiento y voluntad para hacerlo.

El Señor Dios nos brinda hoy una nueva oportunidad. Que este nuevo año 2007 sea mucho mejor que el pasado. Y es que vivimos para crecer y mejorar y no al revés. No debemos sentirnos orgullosos de actuar egoístamente, ni de actuar de espaldas a las necesidades de los demás. No debemos sentirnos orgullosos de actuar solamente para servirnos con la cuchara grande a expensas del dolor ajeno.

¡Renovemos nuestro Bautismo, convirtiéndonos al Señor!
Y convertirnos al Señor, significa reflexionar en lo que ha sido nuestra vida hasta ahora. Conservar lo que merece ser conservado y cambiar lo que merece ser cambiado. Preguntemos a los demás que viven con nosotros. Ellos, si nos quieren de veras, nos lo dirán. Aunque nos duela. Y es que la verdad siempre duele.

Quizás es por eso que andamos rodeados de tanta mentira y de tanta superficialidad. Tapando con las apariencias. Y es queÖ¡Cómo duele enfrentarnos con la verdad!
Pero, ¡solos no podemos! Debemos unirnos unos con otros. Familias con familias, dándonos soporte mutuamente. Solamente así nuestra sociedad podrá ser la sociedad civilizada que quiere el Señor.

“¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura? Eso nos lo está diciendo todavía hoy el Señor por boca del profeta Isaías en el cap. 55, 2. Y es que:
¡Ya está bueno de consumismo irracional e inconsciente!
¡Ya está bueno de crear necesidades falsas o ficticias!
¡Ya está bueno de la ambición descontrolada por tener más!
“Öque es lo que nos va ahogando en un inmanentismo que nos cierra a las virtudes evangélicas del desprendimiento y de la austeridad, paralizándonos para la comunicación solidaria y la participación fraterna” (Puebla No. 6).
“El deterioro de los valores familiares básicos desintegra la comunión familiar eliminando la participación corresponsable de todos sus miembros y convirtiéndolos en fácil presa del divorcio y del abandono familiar” Puebla No. 57).
“La persona humana está como lanzada en el engranaje de la máquina de la producción industrial; se la ve apenas como instrumento de producción y objeto de consumo. Todo se fabrica y se vende en nombre de los valores del tener, del poder y del placer como si fueran sinónimos de la felicidad humana. Impidiendo así el acceso a los valores espirituales, se promueve, en razón del lucro, una aparente y muy onerosa “participación” en el bien común”. (Puebla No. 311)
Por el Bautismo, el cristiano deja “el hombre viejo”, es decir, la indebida manera de situarse ante Dios. Al identificarse con Jesucristo, entra en una vida nueva que sabe que es eterna por ser un vivir para Dios.

En este año nuevo que comienza, pidamos que el hombre viejo muera en nosotros y renazca un corazón nuevo lleno de amor y mansedumbre, de sabiduría, fuerte, justo y pacífico, compasivo y misericordioso, que seamos capaces de ser tolerante, pero firmes en nuestra fe, Señor, “Ayúdanos a construir un mundo en el que la vida del hombre siempre sea amada y defendida” (Juan Pablo II). Amén.

 

 

 
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