| Por
la misericordia divina hemos visto llegar un nuevo año,
cargado, como todos los demás, de esperanza,
de sueños, de problemáticas sinfín
y de retos.
Muchos de nosotros programamos metas de carácter
material: cambiar de casa, de auto, una mejoría
sustancial en el área de trabajo, un nuevo proyecto,
planes de vacaciones de mayor envergadura y cuando nos
damos cuenta, estamos enredados en la espiral del consumismo,
preparándonos para rendir culto a todo lo que
sea gastar en pos de ‘‘mi felicidad’’.
¡Qué buen trastazo nos damos cuando advertimos
aquella voz que nos llama en lo más profundo
de nuestro ser recordándonos que sólo
él es el verdadero y único proveedor de
la felicidad que tanto buscamos en unas buenas vacaciones!
Al dejarnos llevar por esa voz comenzamos a escuchar
con el corazón y a ver con los ojos del alma,
permitiendo al Espíritu Santo llevar nuestros
pasos, entonces vemos con toda claridad que nuestro
reto no es nuevo, que nuestra real y verdadera meta
para este año es tan vieja como los años
que llevamos a nuestras espaldas. Vemos con claridad
meridiana que es momento de una reconciliación
en busca de fortaleza, de paz interior, de amor para
dar, de abono para nuestra fe.
Este fin de año tuve la oportunidad de abandonar
la ciudad junto a mi familia. Fuimos a las montañas
de Jarabacoa en compañía de los padres
de Miriam. Cuando dejas atrás todo el bullicio
de los petardos y la algarabía producto de una
felicidad material para adentrarte en esa paz y tranquilidad
que proporcionan aquellos verdes y hermosos paisajes,
experimentas la sensación de estar más
cerca de Dios, pues todo lo que percibes te recuerda
el amor con el que fueron creadas las cosas, te das
cuenta de que todo lo creado tiene el sello inconfundible
Made in Heaven... God y das gracias por vivir.
Rodeado de estas maravillas, puedes pensar en los retos
que se renuevan con el año que se avecina: dejar
que se haga en ti la voluntad de Dios, encauzar a tus
hijos por el camino del bien, el respeto y la obediencia,
abonar con más frecuencia las raíces de
los valores morales y espirituales que se van perdiendo
a la carrera, y de igual forma, fomentar las virtudes
de la fe, la esperanza y la caridad en mi prójimo.
Es el mismo reto de hace años, pero más
fuerte. Más fuerte porque la deshumanización
viene galopando imparable; porque esos valores que casi
no vemos siguen haciéndose cada vez menos visibles,
porque mientras más inculcamos en nuestros hijos
ciertos principios, cada día es un recomenzar
en el mismo punto de inicio anterior.
Necesitamos luchar. Debemos luchar. Y tenemos que
hacerlo apropiándonos de las armas espirituales
que nos dejó Cristo al partir. Hemos de adueñarnos
de su promesa y recordar que ‘‘todo lo puedo
en Cristo que me fortalece, que en su presencia, somos
más que vencedores’’.
Que este año que recién iniciamos por
la gracia de nuestro Señor Jesucristo nos sirva
para fortalecernos cada día más en la
fe, la confianza y el amor, que podamos entregarnos
a la voluntad del Padre así como se entregó
María tras la noticia del ángel y que
nuestra vida sea un continuo caminar siguiendo los pasos
del Hijo hasta el momento de nuestra partida. ¡Que
el Señor nos bendiga a todos!
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