Santo Domingo

Viernes, 12 de enero del 2007

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Vivencias

Un caso raro de espionaje

juan francisco puello herrera

En una oportunidad le tocó vivir a alguien un caso de espionaje en un incipiente movimiento de Iglesia, en la que sus miembros estaban unidos por fuertes lazos de amistad. A una de las reuniones de ese movimiento fue un enviado con mandato expreso, un habitual asistente a un grupo que fomenta la espiritualidad cristiana, con instrucciones precisas de observar e informar cómo se comportaban algunos hermanos que habían sido injustamente expulsados de ese grupo, de la que era miembro el soplón de turno. El nombre del espía cristiano que se prestó a hacer este indigno trabajo es mejor olvidarlo, pues en incidentes de esta naturaleza es preferible borrar el sujeto y quedarse con el hecho, pero llamémosle Luis por decir algún nombre, quien con su histrionismo y desvergüenza, hasta ofreció asar un cerdo para la celebración de la Navidad con tal de ganar la confianza de los espiados (¿excomulgados?). Pero no es a este hermano a quien hay que culpar, sino a quien se le ocurrió la genial idea de enviarlo a realizar un papel tan denigrante.

Uno de los presentes en la reunión a la que asistió en calidad de espía Luis el Mata-Hari masculino, se mantuvo alejado de él como presintiendo que se trataba de una burda y falsa representación. Pero a fin de cuentas, si hasta a Pablo lo espiaron, qué pueden esperar otros, lo narra en su carta a los Gálatas: “Y esto, a pesar de los falsos hermanos intrusos, que se habían introducido para espiarnos y ver cómo vivimos la libertad que Cristo nos ha dado”. (2,4) De todo se ve, hasta en las comunidades cristianas. Hechos como este, son execrables y no se pueden repetir porque hacen daño a la buena imagen que debe proyectar todo cristiano. En el Libro de los Proverbios (3,29) encontramos: “No maquines mal alguno contra el amigo que ha puesto en ti su confianza”. En realidad se trata de gente sin personalidad, que no tiene el discernimiento necesario para darse cuenta, que no se pueden obedecer órdenes que vayan en contra de su dignidad como persona, aun cuando una orden de esta naturaleza provenga de alguien que supuestamente esté para curar almas y no condenarlas.

 
 
 
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