En una oportunidad le tocó vivir
a alguien un caso de espionaje en un incipiente movimiento
de Iglesia, en la que sus miembros estaban unidos
por fuertes lazos de amistad. A una de las reuniones
de ese movimiento fue un enviado con mandato expreso,
un habitual asistente a un grupo que fomenta la espiritualidad
cristiana, con instrucciones precisas de observar
e informar cómo se comportaban algunos hermanos
que habían sido injustamente expulsados de
ese grupo, de la que era miembro el soplón
de turno. El nombre del espía cristiano que
se prestó a hacer este indigno trabajo es mejor
olvidarlo, pues en incidentes de esta naturaleza es
preferible borrar el sujeto y quedarse con el hecho,
pero llamémosle Luis por decir algún
nombre, quien con su histrionismo y desvergüenza,
hasta ofreció asar un cerdo para la celebración
de la Navidad con tal de ganar la confianza de los
espiados (¿excomulgados?). Pero no es a este
hermano a quien hay que culpar, sino a quien se le
ocurrió la genial idea de enviarlo a realizar
un papel tan denigrante.
Uno de los presentes en la reunión
a la que asistió en calidad de espía
Luis el Mata-Hari masculino, se mantuvo alejado de
él como presintiendo que se trataba de una
burda y falsa representación. Pero a fin de
cuentas, si hasta a Pablo lo espiaron, qué
pueden esperar otros, lo narra en su carta a los Gálatas:
“Y esto, a pesar de los falsos hermanos intrusos,
que se habían introducido para espiarnos y
ver cómo vivimos la libertad que Cristo nos
ha dado”. (2,4) De todo se ve, hasta en las
comunidades cristianas. Hechos como este, son execrables
y no se pueden repetir porque hacen daño a
la buena imagen que debe proyectar todo cristiano.
En el Libro de los Proverbios (3,29) encontramos:
“No maquines mal alguno contra el amigo que
ha puesto en ti su confianza”. En realidad se
trata de gente sin personalidad, que no tiene el discernimiento
necesario para darse cuenta, que no se pueden obedecer
órdenes que vayan en contra de su dignidad
como persona, aun cuando una orden de esta naturaleza
provenga de alguien que supuestamente esté
para curar almas y no condenarlas.
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