NUEVA
YORK.- Cuando su esposo tenía dos meses
en el nuevo empleo Betty lo llevó a la televisión
nacional y confesó que perdió un seno
por cáncer en las mamas. En 1974 cuando Betty
Ford abordó el tema en público, esa enfermedad
alcanzaba proporciones casi epidémicas, pero
era un tabú del que nadie hablaba en público.
Después de esa confesión la mamografía
pasó a ser un examen de rutina en salud femenina.
Si le ocurrió a la Primera Dama estadounidense,
le puede pasar a cualquiera.
En 1978 Betty hizo otra confesión.
Estaba alcoholizada y buscaría tratamiento para
mantenerse “seca.” Lo logró y en
el proceso hasta su esposo, el entonces ex presidente
Gerald R. Ford, dejó de tomar.
En 1982 Betty se confesó otra
vez. Los analgésicos para dolores de espaldas
y otras dolencias comunes la atraparon. Se escapó
del alcohol, pero se convirtió en adicta a los
analgésicos.
En las alturas del poder, la fama y la
fortuna, estas cosas se manejan como secreto de Estado.
Betty Ford las trató como lo que eran, situaciones
esencialmente humanas y, por tanto, comunes a todos
nosotros.
Hoy más de 40 mil estadounidenses
reciben tratamientos en los Centros Betty Ford contra
la adicción al alcohol y los analgésicos.
El Presidente Ford era frío, distante e impopular.
Una vez intentó explicar su personalidad diciendo:
“Soy un Ford, no soy un Lincoln.” Y montó
una campaña presidencial escondiendo su impopularidad
con la popularidad de su esposa.
En el Museo Presidencial
Ford de Grand Rapids, Michigan, donde lo enterraron,
encontré una curiosa confesión de la impopularidad
de Ford. Es un botón de campaña que dice
“El esposo de Betty para Presidente.” Ella
fue su principal virtud, activo político y legado
histórico. Betty tiene 88 años, acaba
de enterrar a su esposo, y quizá haga nuevas
confesiones.
jcmalone01@aol.com
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