Santo Domingo

Viernes, 12 de enero del 2007

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OPINIÓN

La escuela del estructuralismo antillano

 
Ignacio Nova

De las manos de su padre, el ya legendario Maestro del arte nacional Guillo Pérez, Willy, su primogénito, recibió los pinceles y fue “ungido” con los olores de la trementina y del óleo en una vieja casona de la calle José Gabriel García primero y, más tarde, en otra de la Francia, justo detrás del Palacio Presidencial, desde cuyo patio intuyó el mar y desde lo alto de su almendro conoció los techos de las casas de la ciudad y aprendió que en el azul se resumían las aguas y el cielo.

Como todo muchacho, Willy trepaba lo mismo que obedecía y desobedecía. Criado o robado casi por el celo amoroso de su abuela paterna, compartió sus primeros amores entre ella y su padre; a su madre Ana, a quien todavía hoy recuerda tan joven, bella y lozana, la percibía, antes de amarla tan intensa y plenamente como lo hace hoy, como a su mejor amiga.

“Papá siempre fue celoso con sus hijos”, me dice para recordar cómo Don Guillo lo retenía junto a él, en el taller, mientras pintaba, entretenido y asignándole las primeras tareas de todo pintor: manejar y ordenar sus instrumentos.

“Él pintaba y yo limpiaba sus pinceles”, me dice con su sonrisa plena. “Mientras crecía, me asignaba otras tareas y cuando ya iba a la escuela, me ponía lápices en el piso, junto a él. Posteriormente, ya casi joven, tuve que encargarme de montar sus telas en los bastidores y me ensimismaba verlo poniendo color, cómo desplazaba su trazo por el lienzo. Entonces empecé a alimentarme del gran artista que es mi padre, desde entonces lo admiré tanto que quise ser como él: pintor”.

El surgimiento de un artista bajo la fronda de un Maestro no es sencillo. Aunque con el tiempo esto deviene ventajoso, a nadie le gusta ser copiado y mucho menos a Guillo Pérez que tanto hizo para lograr una expresión auténtica, emergida de sus raíces y sentimientos. Willy, que tan amorosamente asumía rasgos distintivos de la pintura de su padre cayó al fin en cuentas de que había recibido una heredad forjada por Guillo Pérez y que ante ella debía ser responsable, desarrollarla abriéndola a otras soluciones.

“Entonces, sin abandonar todo lo bueno que de Papá he aprendido en la admiración y lectura rigurosa de su obra, me propuse avanzar hacia otros derroteros, incorporando soluciones propias, resultado de mis convicciones y de mi personalidad”.

A esa tarea lo ayudan sus estudios: inicio de publicidad en la UASD; Art Student League, de New York; la escuela de don Cándido Bidó; sus estudios de Psicología clínica en la UTE y, finalmente, su personalidad inquieta, diligente y abierta.

Después de recorrer el perímetro del arte, Willy asoma a la costa de la plenitud de oficio con un talento que otea la madurez y afianza las destrezas.

Lo observo acariciar sus lienzos y recuerdo los gestos de su padre, el Maestro. Me pregunto, en silencio, si Willy estará fundando otra maestría.

En arte a esto se denomina escuela. A las que nos referimos una vez no sólo por el caso de Guillo y Willy: por el de los Sánchez. Una escuela en arte es la comunión de un grupo de asociados por razones de parentesco, vecindad, intereses o circunstancias con el objeto de desarrollar una obra a partir de un conjunto de postulados estéticos-formales compartidos; esto equivale a decir filosóficos, ideológicos, técnicos, temáticos; incorporando un limitado arsenal de recursos formales; recurriendo a estrategias discursivas similares.

Willy no sólo acusa una identidad plástica cuasi genética con Don Guillo Pérez que hace del estructuralismo antillano propuesto por su padre como diálogo de identidades y diferencias con Joaquín Torres García una escuela. Me habla de ello como estoy seguro que habla de estructuralismo el hijo de Torres García, autor de unas piezas que ya en Sotheby¥s cotizan por encima de los 40 mil dólares.

Willy añade una diferencia: descarta el drama y va, amoroso a la poesía. Y no es que no haya poesía en la obra de Don Guillo, porque recordemos que la primera y más grande poesía humana, la que nutre el arte hasta el romanticismo, es la tragedia, el drama. Y en su nivel casi fiero ese es el territorio en el que se afincan las raíces de la mejor obra de Guillo Pérez: el drama del batey, el drama de la pobreza; la tragedia de los cañaverales...

En el universo donde Guillo Pérez ve el dolor, y lo siente y lo comunica, Willy instala la alegría. Su pintura es canto agradecido a la vida, sin importar sus circunstancias.

Y del estructuralismo toma exactamente eso: el esqueleto para desencadenar un conjunto de aproximaciones o de diseño, o cromáticas o naturalistas o propiamente al objeto de su arte: el mar, sus acuarios, los ríos, los arrozales, los gallos, los caballos, la ciudad, las casitas de las márgenes del río Ozama: aclimatación localista de las favelas... Pero en el arte el trazo es recurso del alma. En su desplazamiento, maneras de corporizarse, formas de manchar y de texturizar es donde Willy Pérez revela su identidad, independiente o no de la heredad del Maestro Guillo, su padre.

Enérgico y libertario, el trazo en la obra de Willy denota la decisión y valentía con la que asume y enfrenta retos y desafíos. Amplio en su expansión, instintivo en su colecta de colores, su pintura manifiesta el ímpetu de un ejercicio artístico asumido como momento de satisfacciones.

“Es que no creo en el arte tremendista, o mejor dicho no lo siento”, me dice incansablemente. “Ya la vida es lo suficientemente difícil para trasladar todas esas dificultades al arte”.

Y una insoslayable observación entre las diferencias esenciales entre padre e hijo, a todas luces paradojal: mientras Willy es profundamente religioso, su pintura es básicamente sensualista; mientras Guillo es vitalmente sensualista, su obra es profundamente religiosa.

“Secretos del arte”, me parecería estar escuchando de las palabras de Guillo Pérez, cual shamán depositario de lo arcana del ser y del arte. Y me parecería oír la risotada desenfadada de Willy, como quien entiende que los misterios más grandes de la vida y del arte responden a un solo designio: el divino.


 
 
 
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