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De
las manos de su padre, el ya legendario Maestro del
arte nacional Guillo Pérez, Willy, su primogénito,
recibió los pinceles y fue “ungido”
con los olores de la trementina y del óleo en
una vieja casona de la calle José Gabriel García
primero y, más tarde, en otra de la Francia,
justo detrás del Palacio Presidencial, desde
cuyo patio intuyó el mar y desde lo alto de su
almendro conoció los techos de las casas de la
ciudad y aprendió que en el azul se resumían
las aguas y el cielo.
Como todo muchacho, Willy trepaba lo mismo que obedecía
y desobedecía. Criado o robado casi por el celo
amoroso de su abuela paterna, compartió sus primeros
amores entre ella y su padre; a su madre Ana, a quien
todavía hoy recuerda tan joven, bella y lozana,
la percibía, antes de amarla tan intensa y plenamente
como lo hace hoy, como a su mejor amiga.
“Papá siempre fue celoso con sus hijos”,
me dice para recordar cómo Don Guillo lo retenía
junto a él, en el taller, mientras pintaba, entretenido
y asignándole las primeras tareas de todo pintor:
manejar y ordenar sus instrumentos.
“Él pintaba y yo limpiaba sus pinceles”,
me dice con su sonrisa plena. “Mientras crecía,
me asignaba otras tareas y cuando ya iba a la escuela,
me ponía lápices en el piso, junto a él.
Posteriormente, ya casi joven, tuve que encargarme de
montar sus telas en los bastidores y me ensimismaba
verlo poniendo color, cómo desplazaba su trazo
por el lienzo. Entonces empecé a alimentarme
del gran artista que es mi padre, desde entonces lo
admiré tanto que quise ser como él: pintor”.
El surgimiento de un artista bajo la fronda de un
Maestro no es sencillo. Aunque con el tiempo esto deviene
ventajoso, a nadie le gusta ser copiado y mucho menos
a Guillo Pérez que tanto hizo para lograr una
expresión auténtica, emergida de sus raíces
y sentimientos. Willy, que tan amorosamente asumía
rasgos distintivos de la pintura de su padre cayó
al fin en cuentas de que había recibido una heredad
forjada por Guillo Pérez y que ante ella debía
ser responsable, desarrollarla abriéndola a otras
soluciones.
“Entonces, sin abandonar todo lo bueno que de
Papá he aprendido en la admiración y lectura
rigurosa de su obra, me propuse avanzar hacia otros
derroteros, incorporando soluciones propias, resultado
de mis convicciones y de mi personalidad”.
A esa tarea lo ayudan sus estudios: inicio de publicidad
en la UASD; Art Student League, de New York; la escuela
de don Cándido Bidó; sus estudios de Psicología
clínica en la UTE y, finalmente, su personalidad
inquieta, diligente y abierta.
Después de recorrer el perímetro del
arte, Willy asoma a la costa de la plenitud de oficio
con un talento que otea la madurez y afianza las destrezas.
Lo observo acariciar sus lienzos y recuerdo los gestos
de su padre, el Maestro. Me pregunto, en silencio, si
Willy estará fundando otra maestría.
En arte a esto se denomina escuela. A las que nos
referimos una vez no sólo por el caso de Guillo
y Willy: por el de los Sánchez. Una escuela en
arte es la comunión de un grupo de asociados
por razones de parentesco, vecindad, intereses o circunstancias
con el objeto de desarrollar una obra a partir de un
conjunto de postulados estéticos-formales compartidos;
esto equivale a decir filosóficos, ideológicos,
técnicos, temáticos; incorporando un limitado
arsenal de recursos formales; recurriendo a estrategias
discursivas similares.
Willy no sólo acusa una identidad plástica
cuasi genética con Don Guillo Pérez que
hace del estructuralismo antillano propuesto por su
padre como diálogo de identidades y diferencias
con Joaquín Torres García una escuela.
Me habla de ello como estoy seguro que habla de estructuralismo
el hijo de Torres García, autor de unas piezas
que ya en Sotheby¥s cotizan por encima de los 40
mil dólares.
Willy añade una diferencia: descarta el drama
y va, amoroso a la poesía. Y no es que no haya
poesía en la obra de Don Guillo, porque recordemos
que la primera y más grande poesía humana,
la que nutre el arte hasta el romanticismo, es la tragedia,
el drama. Y en su nivel casi fiero ese es el territorio
en el que se afincan las raíces de la mejor obra
de Guillo Pérez: el drama del batey, el drama
de la pobreza; la tragedia de los cañaverales...
En el universo donde Guillo Pérez ve el dolor,
y lo siente y lo comunica, Willy instala la alegría.
Su pintura es canto agradecido a la vida, sin importar
sus circunstancias.
Y del estructuralismo toma exactamente eso: el esqueleto
para desencadenar un conjunto de aproximaciones o de
diseño, o cromáticas o naturalistas o
propiamente al objeto de su arte: el mar, sus acuarios,
los ríos, los arrozales, los gallos, los caballos,
la ciudad, las casitas de las márgenes del río
Ozama: aclimatación localista de las favelas...
Pero en el arte el trazo es recurso del alma. En su
desplazamiento, maneras de corporizarse, formas de manchar
y de texturizar es donde Willy Pérez revela su
identidad, independiente o no de la heredad del Maestro
Guillo, su padre.
Enérgico y libertario, el trazo en la obra
de Willy denota la decisión y valentía
con la que asume y enfrenta retos y desafíos.
Amplio en su expansión, instintivo en su colecta
de colores, su pintura manifiesta el ímpetu de
un ejercicio artístico asumido como momento de
satisfacciones.
“Es que no creo en el arte tremendista, o mejor
dicho no lo siento”, me dice incansablemente.
“Ya la vida es lo suficientemente difícil
para trasladar todas esas dificultades al arte”.
Y una insoslayable observación entre las diferencias
esenciales entre padre e hijo, a todas luces paradojal:
mientras Willy es profundamente religioso, su pintura
es básicamente sensualista; mientras Guillo es
vitalmente sensualista, su obra es profundamente religiosa.
“Secretos del arte”, me parecería
estar escuchando de las palabras de Guillo Pérez,
cual shamán depositario de lo arcana del ser
y del arte. Y me parecería oír la risotada
desenfadada de Willy, como quien entiende que los misterios
más grandes de la vida y del arte responden a
un solo designio: el divino.
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