| Antes
de responder cualquier pregunta que pueda surgir, quiero
reiterarles que estoy completamente seguro de que nuestro
Creador ha deparado ya para todos nosotros muchas bendiciones,
salud, prosperidad, armonía y felicidad en este
año que recién comienza, a sabiendas de
que nuestros ojos deben estar prestos a ver las oportunidades
que Él nos presentará, para ver todas
las cosas que ha dispuesto y que nuestra actitud ante
la vida ha de ser más positiva y más acorde
con Cristo nuestro Señor.
Bien. Supongo que ya muchos se preguntaron el porqué
de la extraña forma de comenzar el año
con este artículo. Sí, es extraña.
No parece indicar un rumbo específico, al menos
no tanto como los pingüinos cuando asaltaron el
carguero en la película “Madagascar”.
Sin embargo, sí tiene rumbo; tiene hasta destinatarios
específicos.
Quiero referirme a algunos aspectos dentro del matrimonio,
aspectos que involucran la personalidad, individual,
indivisible e insacrificable de quienes conforman una
pareja. Cada uno de nosotros, hablando desde dentro
de mi relación de pareja, es persona, educada,
formada de manera diferente, en distinto medio social
y por lo tanto, con valores, principios, metas, propios
e independientes; con un desarrollo personal y profesional
proyectados insospechadamente.
Cuando aceptamos contraer matrimonio con la persona
que más queremos en este mundo, aceptamos también
muchas cosas, y estamos sujetos a circunstancias vitales
que nos harán tomar decisiones difíciles
de ejecutar y de mantener, pero en ningún caso
debemos perder lo que somos ni sacrificar nuestros planes
al punto de someternos ciegamente a las mismas circunstancias
que nos han llevado a tomar tales decisiones.
La respuesta afirmativa ante el altar no significa
abandono total e irrestricto de nuestros planes; implica,
más bien, una capacidad sorprendente para armar
dentro del matrimonio un “joint venture”,
involucrar a la pareja en nuestros planes de vida y
viceversa, hacer proyectos en conjunto que permitan
a ambos alcanzar la completa madurez personal y profesional
que ambos han soñado. Implica el fomento y desarrollo
de una capacidad de negociación tal que nos permita
llegar a acuerdos satisfactorios bajo el precepto del
respeto y la admiración mutua.
Cada uno de nosotros debe velar porque nuestra pareja
alcance sus metas y objetivos pues serán metas
y objetivos de ambos. En ningún caso debemos
permitir que esa persona a quien amamos baje sus perspectivas
vitales y, por tanto, su autoestima.
Estamos para ser soporte en todas las dimensiones de
la relación de pareja, estamos para ayudarnos,
para compenetrarnos el uno con el otro mediante un redescubrimiento
continuo que ha de durar toda la vida.
¿Podrá todo esto envolver algo de egoísmo?
De ninguna manera. Lo que ocurre es que en la medida
en que cuidas de ti mismo y te ocupas de mantener tu
autoestima en el nivel adecuado, todo lo que se mueve
a tu alrededor caminará favorablemente; mientras
mejor marche la relación de pareja, mejor marchará
la relación con los hijos, pues este amor a flor
de piel que ambos cónyuges se demuestren permeará
a sus hijos.
Es preciso que cada uno de nosotros, como parte integral
de una pareja, se sienta motivado a seguir adelante,
contando con el apoyo, irrestricto o negociado, de la
pareja. Nunca debemos sucumbir ante las condiciones
o circunstancias que la vida nos presenta.
Por supuesto, Cristo Jesús no deja de estar
presente en todo esto; sólo lo hace cuando se
hacen interpretaciones erróneas de sus palabras.
Esto lo veremos el próximo domingo.
|