| Santo
Domingo.- Apolinar Núñez tiene
el rostro de Santiago. Cada vez que frunce el ceño
o lanza a los cuatro vientos su palabra bienhabida,
deja entre sus interlocutores la seguridad de estar
frente a un cibaeño de pura cepa, de esos a quienes
no les tiembla el pulso para decir siempre lo que piensan.
Hasta el día de hoy, ha crecido entre viento
y marea. Ha llegado al siglo XXI con el atributo de
ser una leyenda por su aguerrida manera de resolver
las cosas a partir de su propia revoltura.
Siempre buscando contagiar los silencios, siempre
detrás de lo inesperado, con la mirada atenta
al ojo del ciclón y con la palabra vestida de
pólvora, Apolinar Núñez no deja
de ser el exacto eslabón de las destrezas.
A lo largo y ancho de la isla su nombre convoca duendes
y demonios en perfecta armonía porque, sin ningún
deslumbramiento, este hombre no es circunstancial. Sabe
a qué hora salir a repartir sus parábolas,
y en qué momento sus disparos se vuelven manos
invisibles.
Definitivamente estamos ante un hombre que no cree
en milagros y es temido por las sombras encubiertas.
El escritor
Desde hace unos años, Apolinar Núnez ha
dejado de escribir con regularidad. A pesar de esta
distracción, en el 2005, el Departamento de Cultura
del Banco Central le publicó en sus “Seis
asedios a la literatura latinoamericana” y la
Secretaría de Estado de Cultura le multiplicó
su siempre altiva voz de poeta con su poemario “Pasión
por la vida y la muerte”.
Sin embargo, a pesar de estas recientes alegrías,
hay silencio donde nunca ha habido paz con el silencio:
Apolinar Núñez ya no escribe con la regularidad
que todos esperamos.
Elogiado por Enriquillo Sánchez, invitado por
José Israel Cuello a compartir eventualmente
el prestigioso espacio “Aparte y punto”,
y participante permanente del Centro León para
participar en sus eventos y actividades de nivel, su
solo nombre es parte ya de una tradición que
no sólo debe perdurar en nuestra literatura por
sus valores de ayer, sino que debiera continuar su rumbo
creativo tal y como esperamos los que apreciamos su
ingenioso genio creativo.
Me ha dicho recientemente que escribe en inglés,
que se ha dedicado a viajar por el mundo, que ahora
está centrado en multiplicar su verdad a través
de la televisión y la radio. Sin embargo, detrás
de sus palabras descubro al agudo intelectual que siempre
tiene en su tintero lecciones para enriquecer el debate
cultural, sobre todo en tiempos donde su tinta debe
seguir adquiriendo el color de lo desconocido.
Yo quisiera que Apolinar Núñez continuara
debatiendo los problemas inmediatos del país
en sus programas de televisión, donde lo veo
y lo disfruto por su mordacidad y su verbo sin afeites.
Pero también quisiera que el impulso de sus dedos
frente al frío teclado del ordenador para plasmar
allí esos momentos inolvidables cuando su prosa
estudió de manera ejemplar la obra de Gabriel
García Márquez, la poesía de Héctor
Incháustegui Cabral y las páginas ejemplares
de Mario Vargas Llosa y Francisco Herrera Luque, entre
otros muchos.
Apolinar Núñez sabe muy bien que en
este mundo de hoy lleno de mezquindades e intereses,
no se puede vivir del producto del trabajo honesto de
las letras. Pero como intelectual a quien nunca ha dudado
en llamar a las cosas por su nombre, sabe también
que la producción de un escritor no se puede
dejar al libre albedrío.
Uno de los grandes problemas que deben enfrentar las
autoridades que tienen que ver con desarrollo del libro
y la lectura es que nuestros escritores, por su propia
iniciativa, o no publican, o no acostumbran a regularizar
sus producciones porque estas no les reportan, tan siquiera,
recuperar el costo de edición.
Este silencio permite que “otros” (aficionados,
arribistas, ambiciosos sin talento e improvisados aspirantes),
se abroguen con prestancia el título” de
“escritor” y que, por obra y gracia del
dinero, saturen el mercado con libros de dudosa calidad
que respiran por todos lados el triste tufo de la irregularidad.
El poeta fuñón
Apolinar Núñez es de esos hombres que
de una sola presencia puede desentrañar, sin
piedad, el alma de su interlocutor. Como intelectual
es capaz de establecer un debate de altura tanto en
temas literarios como de artes visuales o de cine.
Es de esos seres que ha sobrevivido a los rigores de
un tiempo demasiado árido para el desar rollo
del espíritu humano. Sin embargo, por dondequiera
que ha pasado, tanto por las aulas universitarias como
por ter tulias, conferencias y los laberintos de la
página en blanco, se ha sabido g anar el respeto
de los demás.
Hoy, desde esta pequeña crónica, lo llamo
humildemente a que no se deje tentar por las piedras
del camino y que vuelva a escribir como en aquellos
tiempos en que estimulaba nuestra inteligencia.
Sangre, deseos y temas le sobran, al igual que el talento
y el coraje. Él nació para escribir, o
lo que es lo mismo, para no mirar a los toros desde
la barrera.
No le estoy pidiendo aquí que escriba otros
poemas fuñones, ni definitivamente otros poemas.
Él sabe que esta crónica es un burdo pretexto
para que no se olvide jamás de la palabra escrita.
Él sabe que el destino no es fugacidad, sino
una daga giratoria que no cesa de caer en las espaldas
de la suerte por obra y gracia de los que, como él,
no se dejan llevar de futiles emociones. |