Una
buena tajada de la cultura dominicana está constituida
por nuestro torneo de béisbol invernal.
Entre octubre y enero le damos un descanso al gentilicio
nacional para pasar a ser aguiluchos, gigantes, liceístas,
etcétera.
Hablar del béisbol como parte de la vida nacional
es una mera abstracción; pero hablar de la Liga
de Invierno es situar esa pasión del alma colectiva
en tiempo y espacio concretos, convertirla en evidencia,
dotarla de inmediatez y cercanía.
En los últimos años esa expresión,
en su forma y proyección, ha sido entregada al
mercadeo.
Esta transferencia ha provocado que el reflejo que
nos llega de nuestro deporte nacional a menudo cause
molestia.
Muchas veces más que ante un partido de béisbol,
parece que estamos viendo pasar una guagua anunciadora.
Hablemos claro: el mercado es parte de la cultura;
por eso es difícil encontrar un acto humano que
no lo implique.
Pero este acto se vuelve una vulgar y deslucida pieza
de compraventa cuando el evento es sobrevendido.
Tomaré de ejemplo un partido en que las Águilas
Cibaeñas son equipo local. Si vas al estadio,
en la puerta te entregan toda clase de publicidad.
No satisfechos con vender las paredes, meten letreros
entre el público.
Hacen pasar por el terreno un inodoro, una botella
de ron, cualquier objeto que pague algo, sin importar
cuán saturador y vulgar pueda parecer. Si sigues
el juego por radio, a veces debes ser mago para recibir
la información.
El narrador y el comentarista tienen que callarse
largo rato hasta que “la voz comercial”
termine su retahíla de anuncios que se repiten
sin fin.
A menudo oyes estallar la gritería del público,
que indica que en el terreno ha sucedido una jugada
importante; pero tienes que comerte las uñas
sin saber qué pasa, porque la voz comercial está
en su larga letanía. En televisión el
espectáculo es más deprimente.
Te saturan con los letreros del outfield, así
como con los del palco. Lo más difícil
de tragar son esos que tapan casi perpetuamente un tercio
y hasta la mitad de la pantalla, con lo que impiden
ver con claridad el partido.
Súmesele a eso el logo de la comercializadora,
siempre fijo en el monitor. Por si fuera poco, la transmisión
también cuenta con una voz comercial.
Los anuncios entre las entradas son tantos, que a menudo
empiezan a transmitir el inning cuando ya hay un out,
lo cual muestra una falta de profesionalidad y respeto.
La Liga, los equipos, deberían revisar sus acuerdos
comerciales y replantear una relación que determine
que la publicidad ocupe una cuota prudente dentro del
evento.
Sobre todo, que el espectáculo pertenece al
equipo y no al comercializador.
Que vendan menos y mejor, no mucho y barato. Dejan
mucho que desear esas empresas de mercadeo con marrullas
de la ruralidad, tan primitivas, que parecen desconocer
absolutamente el tipo de eventos que tienen a cargo.
Me niego a creer que los mercadólogos criollos
sean incapaces de vender con profesionalidad un evento
deportivo como hacen sus homólogos del extranjero.
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