Los
titulares dan cuenta de pronunciados derrumbes en la
trocha subterránea para la construcción
del Metro. Los geólogos advierten la ocurrencia
de desplomes a partir del deterioro progresivo en tramos
de terreno cuyas características no soporten
el peso que le viene encima.
El gobierno quiere que la obra del Metro siga “a
todo meter”, temeroso de que se le llene el cuarto
de agua desde que haga fondo la creciente indignación
por la corrupción impune, la burla y la quiebra
de la institucionalidad que protagoniza la pareja cóncava
y convexa del Poder Ejecutivo y el Legislativo.
A diario aparecen manifestaciones de la arrabalización
de un Congreso que ha perdido el pudor y aprueba al
vapor proyectos que llegan de arriba y otros que entran
por puertas traseras y laterales.
La gravedad del arrabal del Congreso la describe Rafael
Toribio en un artículo reciente en el que advierte
los daños irreversibles auspiciados por el Poder
Ejecutivo con proyectos enviados como un correo en un
expreso con ruta de ida y vuelta.
La careta y el montaje del Metro también se
están desplomando con el carnaval de préstamos
y transferencias de fondos que pasan por el Congreso
por una vía bajo tierra.
La sucesión de estos patéticos espectáculos
hace preguntarse dónde viven los honorables integrantes
de la Comisión para la Reforma a la Constitución
embarcados en una misión muy parecida al arado
en el desierto.
Animado porque carece de oposición política,
el gobierno suma al engaño del Metro la iniquidad
de los escandalosos supersueldos y todo lo que guste
a su engranaje de funcionarios.
Por fortuna, no hay PLD que dure cien años
ni pueblo que lo resista.
El tufo de la embriaguez del poder se esparce por todas
las latitudes.
Pero ahí viene la reacción de una población
que no ha perdido la sensibilidad. Lenta pero viene,
como dice el poeta.
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