| El
registro policial de muertes violentas de enero a noviembre
del 2006 arroja un total de mil 503. Es un número
crecido, pero sin embargo inferior en casi un 30 por
ciento a la cantidad reportada durante el mismo período
en el 2005.
Bajar la cantidad de homicidios de un año a
otro en esa proporción es, sin dudas, un logro
significativo que el jefe del cuerpo uniformado atribuye
a la implementación del Plan de Seguridad Democrática
en los llamados “barrios calientes”, al
patrullaje mixto que se estuvo reclamando con insistencia
que al final logró vencer la resistencia de quienes
se oponían y a las medidas de emergencia acordadas
para poner un horario límite a las actividades
de los centros nocturnos. Otro aspecto no menos importante
es la cantidad de carros robados que han sido recuperados
durante ese mismo período por el cuerpo de orden
público. De un total de 2 mil 696 reportados,
se logró rescatar y devolver a sus dueños
2 mil 304, segšn el propio reporte oficial, para un
average de efectividad de un 87 por ciento.
Con frecuencia, la Policía Nacional es objeto
de fuertes críticas.
Muchas de ellas están debidamente documentadas.
Todavía por desgracia se reportan no pocos abusos,
como el del que fue víctima reciente el fotógrafo
y antropólogo norteamericano casado con criolla
y residente en el país desde hace muchos años,
John Gallaguer. Tomado por presunto ladrón, estuvo
a punto de ser primero linchado por una turba, ciega
y sorda a sus explicaciones como todas las turbas, para
luego, ya seriamente lesionado, al ser llevado al Plan
Piloto, sufrir una golpiza adicional propinada por un
irascible e incontrolable agente quien además
le rastrilló su arma de reglamento. (¿Lo
habrán dado ya de baja?).
Detener de manera arbitraria para luego exigir peaje
a cambio de ser liberado, constituye todavía
una práctica aberrante que llevan a cabo no pocos
agentes. Y no son contados los casos de miembros de
la uniformada asociados al micronarcotráfico
barrial y cómplices en unos casos, autores en
otros de graves delitos. Son todas acciones divorciadas
de la ética que debe acompañar el uniforme
y evidencias de que aún queda un buen trecho
por recorrer para que contemos con un cuerpo policial
que sea modelo de eficiencia, responsabilidad y honradez.
Pero sería injusto no reconocer asimismo que
en la institución se ha registrado un evidente
progreso en limpiarla de elementos indeseables y mejorar
la calidad y actuación de sus miembros. Y que
se han estado y se siguen dando pasos positivos en esa
dirección. Si los números no mienten,
los resultados que antes comentamos dan una clara notación
de ello y permiten suponer que el cuerpo continuará
fortaleciéndose y mejorando sus niveles de eficiencia
y capacidad de investigación.
En ocasiones, se le exige a la Policía un cien
por ciento de acierto en el descubrimiento de acciones
criminales que ašn permanecen sin resolver. Es frecuente
escuchar la expresión de quienes argumentan que
“aquí la Policía solo descubre lo
que quiere descubrir”. Como ejemplo esgrimen algunos
casos notorios, como el de Vimenca, que el actual jefe
del cuerpo ha prometido dejar resuelto antes de abandonar
el cargo, el brutal asesinato del banquero Héctor
Méndez, la extraña muerte del senador
Darío Gómez o la misteriosa desaparición
del profesor Narciso González.
Pero se pasa por alto que en todas partes del mundo
ocurre lo mismo, y que en los archivos de las policías
más afamadas y mejor equipadas como el FBI, Scotland
Yard o la Sureté Francesa reposan infinidad de
expedientes delictivos de toda naturaleza como crímenes
que no han podido solucionar y la identidad de cuyos
autores no ha podido ser establecida.
Lo cierto es que a más del testimonio numérico
que refleja la significativa disminución de muertes
violentas entre el pasado año y el actual, es
también de justicia reconocerle a la Policía
el rápido descubrimiento de casos muy notorios
como son por citar solo algunos de los más recientes:
el de los sendos asaltos millonarios a dos empresas
de valores resueltos en apenas setenta y dos horas;
el sádico asesinato del suegro del colega Euri
Cabral; el no menos de los jóvenes y niños
taiwaneses primero en Bonao y luego en San Pedro de
Macorís; el dramático apresamiento de
un peligroso delincuente y el rescate de los dos menores
que mantenía como rehenes, donde a diferencia
del caso del Banco del Progreso años atrás
resuelto a tiros y que costó la vida al autor
del hecho y una de las víctimas, fue solucionado
utilizando la técnica más moderna del
diálogo con el captor, casi siempre menos cruenta
y más exitosa.
Insistimos: todavía la Policía Nacional
está a buena distancia de llegar a ser el cuerpo
que todos anhelamos y que la sociedad necesita para
prevenir y controlar la delincuencia, sirviendo de eficaz
garante al orden público y la seguridad ciudadana.
Pero lo importante es que al parecer se ha comenzado
a transitar por ese necesario camino, que es de esperar
acorte en el próximo el trecho que le resta por
andar para que pueda realizar su trabajo con mayor eficiencia
cada vez, en particular enfrentando el difícil
reto del crimen organizado que ya tenemos entronizado
en el país a través del narcotráfico
y los ajustes de cuentas.
Para ello deberá seguir profundizando el trabajo
de depuración de la institución, mejorar
el nivel de reclutamiento y poniendo mayor énfasis
en los valores éticos, elevar los salarios y
la calidad de vida de sus agentes, asegurar las oportunidades
de ascenso en base a méritos, recibir mayor apoyo
del gobierno para su debido equipamiento en armas y
tecnología.
Confiemos que los signos alentadores que muestran las
estadísticas policiales se traduzcan en mayores
logros a fin de que pueda crecer en la confianza de
la ciudadanía y obtener de ésta su indispensable
colaboración para una más efectiva prevención
y combate del crimen.
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