Santo Domingo

Martes 16 de enero del 2007

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OPINIÓN

Signos alentadores

 
Mario Rivadulla

El registro policial de muertes violentas de enero a noviembre del 2006 arroja un total de mil 503. Es un número crecido, pero sin embargo inferior en casi un 30 por ciento a la cantidad reportada durante el mismo período en el 2005.

Bajar la cantidad de homicidios de un año a otro en esa proporción es, sin dudas, un logro significativo que el jefe del cuerpo uniformado atribuye a la implementación del Plan de Seguridad Democrática en los llamados “barrios calientes”, al patrullaje mixto que se estuvo reclamando con insistencia que al final logró vencer la resistencia de quienes se oponían y a las medidas de emergencia acordadas para poner un horario límite a las actividades de los centros nocturnos. Otro aspecto no menos importante es la cantidad de carros robados que han sido recuperados durante ese mismo período por el cuerpo de orden público. De un total de 2 mil 696 reportados, se logró rescatar y devolver a sus dueños 2 mil 304, segšn el propio reporte oficial, para un average de efectividad de un 87 por ciento.
Con frecuencia, la Policía Nacional es objeto de fuertes críticas.

Muchas de ellas están debidamente documentadas. Todavía por desgracia se reportan no pocos abusos, como el del que fue víctima reciente el fotógrafo y antropólogo norteamericano casado con criolla y residente en el país desde hace muchos años, John Gallaguer. Tomado por presunto ladrón, estuvo a punto de ser primero linchado por una turba, ciega y sorda a sus explicaciones como todas las turbas, para luego, ya seriamente lesionado, al ser llevado al Plan Piloto, sufrir una golpiza adicional propinada por un irascible e incontrolable agente quien además le rastrilló su arma de reglamento. (¿Lo habrán dado ya de baja?).

Detener de manera arbitraria para luego exigir peaje a cambio de ser liberado, constituye todavía una práctica aberrante que llevan a cabo no pocos agentes. Y no son contados los casos de miembros de la uniformada asociados al micronarcotráfico barrial y cómplices en unos casos, autores en otros de graves delitos. Son todas acciones divorciadas de la ética que debe acompañar el uniforme y evidencias de que aún queda un buen trecho por recorrer para que contemos con un cuerpo policial que sea modelo de eficiencia, responsabilidad y honradez.
Pero sería injusto no reconocer asimismo que en la institución se ha registrado un evidente progreso en limpiarla de elementos indeseables y mejorar la calidad y actuación de sus miembros. Y que se han estado y se siguen dando pasos positivos en esa dirección. Si los números no mienten, los resultados que antes comentamos dan una clara notación de ello y permiten suponer que el cuerpo continuará fortaleciéndose y mejorando sus niveles de eficiencia y capacidad de investigación.

En ocasiones, se le exige a la Policía un cien por ciento de acierto en el descubrimiento de acciones criminales que ašn permanecen sin resolver. Es frecuente escuchar la expresión de quienes argumentan que “aquí la Policía solo descubre lo que quiere descubrir”. Como ejemplo esgrimen algunos casos notorios, como el de Vimenca, que el actual jefe del cuerpo ha prometido dejar resuelto antes de abandonar el cargo, el brutal asesinato del banquero Héctor Méndez, la extraña muerte del senador Darío Gómez o la misteriosa desaparición del profesor Narciso González.
Pero se pasa por alto que en todas partes del mundo ocurre lo mismo, y que en los archivos de las policías más afamadas y mejor equipadas como el FBI, Scotland Yard o la Sureté Francesa reposan infinidad de expedientes delictivos de toda naturaleza como crímenes que no han podido solucionar y la identidad de cuyos autores no ha podido ser establecida.

Lo cierto es que a más del testimonio numérico que refleja la significativa disminución de muertes violentas entre el pasado año y el actual, es también de justicia reconocerle a la Policía el rápido descubrimiento de casos muy notorios como son por citar solo algunos de los más recientes: el de los sendos asaltos millonarios a dos empresas de valores resueltos en apenas setenta y dos horas; el sádico asesinato del suegro del colega Euri Cabral; el no menos de los jóvenes y niños taiwaneses primero en Bonao y luego en San Pedro de Macorís; el dramático apresamiento de un peligroso delincuente y el rescate de los dos menores que mantenía como rehenes, donde a diferencia del caso del Banco del Progreso años atrás resuelto a tiros y que costó la vida al autor del hecho y una de las víctimas, fue solucionado utilizando la técnica más moderna del diálogo con el captor, casi siempre menos cruenta y más exitosa.

Insistimos: todavía la Policía Nacional está a buena distancia de llegar a ser el cuerpo que todos anhelamos y que la sociedad necesita para prevenir y controlar la delincuencia, sirviendo de eficaz garante al orden público y la seguridad ciudadana. Pero lo importante es que al parecer se ha comenzado a transitar por ese necesario camino, que es de esperar acorte en el próximo el trecho que le resta por andar para que pueda realizar su trabajo con mayor eficiencia cada vez, en particular enfrentando el difícil reto del crimen organizado que ya tenemos entronizado en el país a través del narcotráfico y los ajustes de cuentas.

Para ello deberá seguir profundizando el trabajo de depuración de la institución, mejorar el nivel de reclutamiento y poniendo mayor énfasis en los valores éticos, elevar los salarios y la calidad de vida de sus agentes, asegurar las oportunidades de ascenso en base a méritos, recibir mayor apoyo del gobierno para su debido equipamiento en armas y tecnología.
Confiemos que los signos alentadores que muestran las estadísticas policiales se traduzcan en mayores logros a fin de que pueda crecer en la confianza de la ciudadanía y obtener de ésta su indispensable colaboración para una más efectiva prevención y combate del crimen.

 
 
 
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