Santo Domingo

Martes 16 de enero del 2007

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VENTANA
Apolinar Núñez en el siglo XXI
SU OBRA FUE VALORADA POR ESCRITORES COMO ENRIQUILLO SÁNCHEZ
LUIS BEIRO

Santo Domingo.- Apolinar Núñez tiene el rostro de Santiago. Cada vez que frunce el ceño o lanza a los cuatro vientos su palabra bienhabida, deja entre sus interlocutores la seguridad de estar frente a un cibaeño de pura cepa, de esos a quienes no les tiembla el pulso para decir siempre lo que piensan.

Hasta el día de hoy, ha crecido entre viento y marea. Ha llegado al siglo XXI con el atributo de ser una leyenda por su aguerrida manera de resolver las cosas a partir de su propia revoltura.

Siempre buscando contagiar los silencios, siempre detrás de lo inesperado, con la mirada atenta al ojo del ciclón y con la palabra vestida de pólvora, Apolinar Núñez no deja de ser el exacto eslabón de las destrezas.

A lo largo y ancho de la isla su nombre convoca duendes y demonios en perfecta armonía porque, sin ningún deslumbramiento, este hombre no es circunstancial. Sabe a qué hora salir a repartir sus parábolas, y en qué momento sus disparos se vuelven manos invisibles.

Definitivamente estamos ante un hombre que no cree en milagros y es temido por las sombras encubiertas.

El escritor
Desde hace unos años, Apolinar Núnez ha dejado de escribir con regularidad. A pesar de esta distracción, en el 2005, el Departamento de Cultura del Banco Central le publicó en sus “Seis asedios a la literatura latinoamericana” y la Secretaría de Estado de Cultura le multiplicó su siempre altiva voz de poeta con su poemario “Pasión por la vida y la muerte”.

Sin embargo, a pesar de estas recientes alegrías, hay silencio donde nunca ha habido paz con el silencio: Apolinar Núñez ya no escribe con la regularidad que todos esperamos.

Elogiado por Enriquillo Sánchez, invitado por José Israel Cuello a compartir eventualmente el prestigioso espacio “Aparte y punto”, y participante permanente del Centro León para participar en sus eventos y actividades de nivel, su solo nombre es parte ya de una tradición que no sólo debe perdurar en nuestra literatura por sus valores de ayer, sino que debiera continuar su rumbo creativo tal y como esperamos los que apreciamos su ingenioso genio creativo.

Me ha dicho recientemente que escribe en inglés, que se ha dedicado a viajar por el mundo, que ahora está centrado en multiplicar su verdad a través de la televisión y la radio. Sin embargo, detrás de sus palabras descubro al agudo intelectual que siempre tiene en su tintero lecciones para enriquecer el debate cultural, sobre todo en tiempos donde su tinta debe seguir adquiriendo el color de lo desconocido.

Yo quisiera que Apolinar Núñez continuara debatiendo los problemas inmediatos del país en sus programas de televisión, donde lo veo y lo disfruto por su mordacidad y su verbo sin afeites. Pero también quisiera que el impulso de sus dedos frente al frío teclado del ordenador para plasmar allí esos momentos inolvidables cuando su prosa estudió de manera ejemplar la obra de Gabriel García Márquez, la poesía de Héctor Incháustegui Cabral y las páginas ejemplares de Mario Vargas Llosa y Francisco Herrera Luque, entre otros muchos.

Apolinar Núñez sabe muy bien que en este mundo de hoy lleno de mezquindades e intereses, no se puede vivir del producto del trabajo honesto de las letras. Pero como intelectual a quien nunca ha dudado en llamar a las cosas por su nombre, sabe también que la producción de un escritor no se puede dejar al libre albedrío.

Uno de los grandes problemas que deben enfrentar las autoridades que tienen que ver con desarrollo del libro y la lectura es que nuestros escritores, por su propia iniciativa, o no publican, o no acostumbran a regularizar sus producciones porque estas no les reportan, tan siquiera, recuperar el costo de edición.

Este silencio permite que “otros” (aficionados, arribistas, ambiciosos sin talento e improvisados aspirantes), se abroguen con prestancia el título” de “escritor” y que, por obra y gracia del dinero, saturen el mercado con libros de dudosa calidad que respiran por todos lados el triste tufo de la irregularidad.

El poeta fuñón
Apolinar Núñez es de esos hombres que de una sola presencia puede desentrañar, sin piedad, el alma de su interlocutor. Como intelectual es capaz de establecer un debate de altura tanto en temas literarios como de artes visuales o de cine.

Es de esos seres que ha sobrevivido a los rigores de un tiempo demasiado árido para el desar rollo del espíritu humano. Sin embargo, por dondequiera que ha pasado, tanto por las aulas universitarias como por ter tulias, conferencias y los laberintos de la página en blanco, se ha sabido g anar el respeto de los demás.

Hoy, desde esta pequeña crónica, lo llamo humildemente a que no se deje tentar por las piedras del camino y que vuelva a escribir como en aquellos tiempos en que estimulaba nuestra inteligencia.

Sangre, deseos y temas le sobran, al igual que el talento y el coraje. Él nació para escribir, o lo que es lo mismo, para no mirar a los toros desde la barrera.

No le estoy pidiendo aquí que escriba otros poemas fuñones, ni definitivamente otros poemas. Él sabe que esta crónica es un burdo pretexto para que no se olvide jamás de la palabra escrita.

Él sabe que el destino no es fugacidad, sino una daga giratoria que no cesa de caer en las espaldas de la suerte por obra y gracia de los que, como él, no se dejan llevar de futiles emociones.

 

 

 
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