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Viernes 19 de enero del 2007

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THE WALL STREET JOURNAL AMERICAS
Dos hermanos, uno líder guerrillero y el otro negociador de paz, enfrentados en Colombia
Por Matt Moffett
The Wall Street Journal

BOGOTÁ—Roberto y Guillermo Sáenz eran el menor y el del medio de siete hijos de una familia conservadora, cuyos padres eran maestros de escuela. A medida que la guerra entre el ejército y la guerrilla marxista cobraba fuerza, Roberto recuerda cómo Guillermo y sus otros hermanos lo protegían en una infancia llena de “estudio, fútbol y fiestas”.

Después, cuando Roberto comenzaba la universidad y Guillermo estaba a punto de graduarse, Guillermo le dio la noticia. “Hombre, no veo sentido en todo esto”, recuerda Roberto que dijo su hermano. “Me voy”. Guillermo se marchó a la selva para unirse a la mayor guerrilla del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC, donde, con el paso del tiempo, ascendió al rango de “líder ideológico” del Secretariado, el órgano de siete miembros que lo gobierna. Ahora es uno de los hombres más buscados de todo el continente americano: el gobierno colombiano puso un precio a su cabeza de US$2 millones y EE.UU., de US$5 millones.

Roberto se dedicó a la política, lo que le llevó a ocupar un puesto de liderazgo muy distinto: es el especialista en asuntos de paz designado por el gobierno de Bogotá. El organismo municipal que dirige, la Red Distrital de Reconciliación, trabaja en los barrios pobres de Bogotá promoviendo soluciones no violentas a los conflictos sociales, desde vigilias con velas y campañas de peticiones, hasta canciones de rap y graffitis. “Nuestra misión es mostrar que la protesta creativa es más efectiva que empuñar un arma”, dice Roberto.

Miles de familias colombianas se encuentran divididas por el interminable conflicto armado, pero pocas se ven en extremos tan opuestos como los hermanos Sáenz. Mientras Roberto, de 50 años, recoge firmas para pedir un referéndum sobre el desarme, Guillermo, de 58 años, es acusado por el gobierno de volar oleoductos y bombardear pueblos. Mientras Roberto usa la política, el deporte y la música para tratar de mantener a los jóvenes fuera de los narcotraficantes, Guillermo, más conocido en Colombia por su alias, Alfonso Cano, enfrenta una acusación de EE.UU. de ayudar a “diseñar las políticas [de tráfico] de cocaína de las FARC” y ordenar el asesinato de cientos de personas.

Roberto dice que intentó, sin éxito, convencer a Guillermo para que renunciara a la violencia en su última reunión, en 1991, cuando las FARC mantuvieron conversaciones con el gobierno en Caracas. “A mi hermano, le digo que ojalá que esté bien de salud, que no tenga problemas. Pero al guerrillero [le digo] que desista de la guerra, porque la guerra va por mal camino”, dice Roberto.

En venganza por los secuestros de Guillermo, otro de los hermanos Sáenz, José Ricardo, fue secuestrado en 1996 por los paramilitares. Los secuestradores habían intentado capturar a Roberto, pero él había dejado Colombia para ocupar un puesto diplomático en Europa, tras recibir amenazas de muerte. Con la esperanza de que liberaran a su hermano, Guillermo publicó un comunicado desde la clandestinidad en el que decía que José Ricardo, un maestro de escuela, no tenía vínculos con las FARC. “Mi intenso dolor fraternal se confunde con el dolor de muchos colombianos agobiados por similares o peores tragedias”, escribió Guillermo. José Ricardo fue liberado tras ocho meses de cautiverio.

El drama familiar no parece haber disminuido el fervor revolucionario de Guillermo. En sus textos y entrevistas con periodistas sostiene que la violencia está justificada por las desigualdades acumuladas en el sistema político y económico de Colombia. “Los guerrilleros hemos sido obligados a empuñar las armas para encontrar la paz”, escribió Guillermo en una ocasión. “Es la gran contradicción y una terrible verdad”.

Roberto admite que la violencia es una cara de la verdad de Colombia, pero señala que el país también tiene una tradición pacifista que con frecuencia se pasa por alto. Junto con el alcalde izquierdista de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, fundó la Red Distrital de Reconciliación en 2005 para enseñarle a la gente a trabajar por la paz de la misma manera en la que un campo de entrenamiento los prepararía para la guerra.

En diciembre, el ejército anunció que había matado al principal guardaespaldas de Guillermo y que estaba tras la pista del propio comandante. Roberto dice que sus padres murieron “resignados” ante la vida que Guillermo había elegido y el propio Roberto tiene pocas esperanzas: cree que su hermano probablemente morirá en combate.

 
 
 
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