BOGOTÁ—Roberto
y Guillermo Sáenz eran el menor y el del medio
de siete hijos de una familia conservadora, cuyos padres
eran maestros de escuela. A medida que la guerra entre
el ejército y la guerrilla marxista cobraba fuerza,
Roberto recuerda cómo Guillermo y sus otros hermanos
lo protegían en una infancia llena de “estudio,
fútbol y fiestas”.
Después, cuando Roberto comenzaba la universidad
y Guillermo estaba a punto de graduarse, Guillermo le
dio la noticia. “Hombre, no veo sentido en todo
esto”, recuerda Roberto que dijo su hermano. “Me
voy”. Guillermo se marchó a la selva para
unirse a la mayor guerrilla del país, las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC, donde,
con el paso del tiempo, ascendió al rango de
“líder ideológico” del Secretariado,
el órgano de siete miembros que lo gobierna.
Ahora es uno de los hombres más buscados de todo
el continente americano: el gobierno colombiano puso
un precio a su cabeza de US$2 millones y EE.UU., de
US$5 millones.
Roberto se dedicó a la política, lo
que le llevó a ocupar un puesto de liderazgo
muy distinto: es el especialista en asuntos de paz designado
por el gobierno de Bogotá. El organismo municipal
que dirige, la Red Distrital de Reconciliación,
trabaja en los barrios pobres de Bogotá promoviendo
soluciones no violentas a los conflictos sociales, desde
vigilias con velas y campañas de peticiones,
hasta canciones de rap y graffitis. “Nuestra misión
es mostrar que la protesta creativa es más efectiva
que empuñar un arma”, dice Roberto.
Miles de familias colombianas se encuentran divididas
por el interminable conflicto armado, pero pocas se
ven en extremos tan opuestos como los hermanos Sáenz.
Mientras Roberto, de 50 años, recoge firmas para
pedir un referéndum sobre el desarme, Guillermo,
de 58 años, es acusado por el gobierno de volar
oleoductos y bombardear pueblos. Mientras Roberto usa
la política, el deporte y la música para
tratar de mantener a los jóvenes fuera de los
narcotraficantes, Guillermo, más conocido en
Colombia por su alias, Alfonso Cano, enfrenta una acusación
de EE.UU. de ayudar a “diseñar las políticas
[de tráfico] de cocaína de las FARC”
y ordenar el asesinato de cientos de personas.
Roberto dice que intentó, sin éxito,
convencer a Guillermo para que renunciara a la violencia
en su última reunión, en 1991, cuando
las FARC mantuvieron conversaciones con el gobierno
en Caracas. “A mi hermano, le digo que ojalá
que esté bien de salud, que no tenga problemas.
Pero al guerrillero [le digo] que desista de la guerra,
porque la guerra va por mal camino”, dice Roberto.
En venganza por los secuestros de Guillermo, otro
de los hermanos Sáenz, José Ricardo, fue
secuestrado en 1996 por los paramilitares. Los secuestradores
habían intentado capturar a Roberto, pero él
había dejado Colombia para ocupar un puesto diplomático
en Europa, tras recibir amenazas de muerte. Con la esperanza
de que liberaran a su hermano, Guillermo publicó
un comunicado desde la clandestinidad en el que decía
que José Ricardo, un maestro de escuela, no tenía
vínculos con las FARC. “Mi intenso dolor
fraternal se confunde con el dolor de muchos colombianos
agobiados por similares o peores tragedias”, escribió
Guillermo. José Ricardo fue liberado tras ocho
meses de cautiverio.
El drama familiar no parece haber disminuido el fervor
revolucionario de Guillermo. En sus textos y entrevistas
con periodistas sostiene que la violencia está
justificada por las desigualdades acumuladas en el sistema
político y económico de Colombia. “Los
guerrilleros hemos sido obligados a empuñar las
armas para encontrar la paz”, escribió
Guillermo en una ocasión. “Es la gran contradicción
y una terrible verdad”.
Roberto admite que la violencia es una cara de la verdad
de Colombia, pero señala que el país también
tiene una tradición pacifista que con frecuencia
se pasa por alto. Junto con el alcalde izquierdista
de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, fundó
la Red Distrital de Reconciliación en 2005 para
enseñarle a la gente a trabajar por la paz de
la misma manera en la que un campo de entrenamiento
los prepararía para la guerra.
En diciembre, el ejército anunció que
había matado al principal guardaespaldas de Guillermo
y que estaba tras la pista del propio comandante. Roberto
dice que sus padres murieron “resignados”
ante la vida que Guillermo había elegido y el
propio Roberto tiene pocas esperanzas: cree que su hermano
probablemente morirá en combate.
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