Santo Domingo

Viernes 19 de enero del 2007

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OPINIÓN

El nuevo arte de Alberto Houellemont

 
Ignacio Nova

El arte es esencia y entidad. Es decir emanación y realidad tangible. Fluye desde el alma para asumir bellezas y discursos que en el modelado de las percepciones, intuiciones y convicciones anhela la trascendencia, la otea, la toca con el filo de emociones bullentes, las graba como acopio emotivo y vital de lo cotidiano y de lo perenne. Así el arte es dimensión para corporizar los sueños y los enigmas; los dramas y la poesía; las realidades truncas y pletóricas; la heredad recibida y la añorada. Finalmente, se hace esas cosas, deviene en entidad concreta, en objeto tangible y único.

El verdadero artista se inquieta ante la convocatoria del arte que lo hace médium de esas, sus necesidades. Esto podría explicar la obra nueva del nuevo Alberto Houellemont. Obra surgida del despertar y la vigilia en las que este artista corrido y depurado realiza sus días y los cuaja como trofeos y victorias.

Si antes nos solazamos en las obras de Houellemont que discurrían sobre la majestad de Yoryi Morel, ahora lo hacemos en estas pinturas en las que da el alma para hablar de misterio y luces, de estructuras y sinuosidades, de líneas y recuerdos de irrealidades tan soñadas como vividas o intuidas, que bregan por abrirse paso desde lo hondo, perforando el silencio, lo tangible, derrotando lo dado y la desidia con su recurrencia de líneas y estocadas.

A Alberto Houellemont, independientemente de las preferencias estéticas que nos muevan, hemos de reservar un lugar meritorio en el arte nacional por su comprobada virtud técnica, por la libertad. Y otros temas, claro. Porque es versátil y diverso; no es artista de aguas estancadas hasta la putrefacción. Aunque va y vuelve sobre bodegones y paisajes, Houellemont siempre es mejor, tiene capacidad y talento para asumir los más radicales retos del arte, mostrando una dedicación prolija poco conocida en artista de su generación.

Su calidad de artista versátil se corrobora ahora con una veintena de pinturas nuevas que desembocan en lo abstracto y lo surrealista; que resultan de un juego ondulante de líneas y estructuras, entretejidas entre sí por la ley de “lo orgánico”, reveladas por la puesta del acento sobre las luces y el asombro.

Al juego de orlas, ondulaciones y cadencias de la línea que en la pintura de Houellemont hoy predomina, y que cultivaron tanto los prerrafaelistas y los simbolistas, a ese derivar toda forma hacia la perfección y la amistad de lo circular, lo fluido y lo intrincadamente imprevisible, a la repetición en oleadas de ese gusto por no levantar el trazo del soporte, en los orígenes del arte abstracto denominaron orfismo.

Y es lo que está presente en la nueva obra del Alberto Houellemont: el orfismo, aunque uno renovado porque se nutre de un automatismo que desemboca a los pies del surrealismo.

Y es surrealismo porque en estas obras nuevas de Houellemont la realidad es trascendida gracias a un metaforizar subconsciente que arrastra los recuerdos de natura y sus productos, evocando el colorido de sus paisajes y bodegones en un referencialismo que evoca al hombre y sus mecanicismos.

Porque acusando los rasgos de un tiempo brutal, de un temor visceral y de una esperanza que no se da por aludida, impregna su fuerza y determinación en las raíces de la luz, en la potencia germinal del misterio.

Porque en ella los objetos se han liberado de la relación causa-efecto, para venir a beber en el río de la fantasía y en los postulados de Bretón y de Dalí. Porque en ellas este artista Maestro soslaya toda predisposición intelectual a lo conocido, instalando el desconcierto como energía reveladora que señala lo posible.

Obra nueva de color iridiscente, de atardeceres liberados y de intuición planetaria estructurada como referencial cosmicista a sistemas desconocidos, a mundos ignotos. La realidad expuesta por Houellemont evoluciona de lo micro orgánico a lo macro cósmico y con Mario Bunge discurre sobre la estructura de la realidad; con Marx elucubra una dialéctica larvaria de solenoides y con Karl Jung invoca y plasma el sueño como puerta de las premoniciones.

Pintura de la madurez, sin duda, y de la inconformidad: de auto rechazo y auto afirmación; de amor a un arte: esencia que en su majestad reclama, de rodillas, al oficiante.

 
 
 
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