El
arte es esencia y entidad. Es decir emanación
y realidad tangible. Fluye desde el alma para asumir
bellezas y discursos que en el modelado de las percepciones,
intuiciones y convicciones anhela la trascendencia,
la otea, la toca con el filo de emociones bullentes,
las graba como acopio emotivo y vital de lo cotidiano
y de lo perenne. Así el arte es dimensión
para corporizar los sueños y los enigmas; los
dramas y la poesía; las realidades truncas y
pletóricas; la heredad recibida y la añorada.
Finalmente, se hace esas cosas, deviene en entidad concreta,
en objeto tangible y único.
El verdadero artista se inquieta ante la convocatoria
del arte que lo hace médium de esas, sus necesidades.
Esto podría explicar la obra nueva del nuevo
Alberto Houellemont. Obra surgida del despertar y la
vigilia en las que este artista corrido y depurado realiza
sus días y los cuaja como trofeos y victorias.
Si antes nos solazamos en las obras de Houellemont
que discurrían sobre la majestad de Yoryi Morel,
ahora lo hacemos en estas pinturas en las que da el
alma para hablar de misterio y luces, de estructuras
y sinuosidades, de líneas y recuerdos de irrealidades
tan soñadas como vividas o intuidas, que bregan
por abrirse paso desde lo hondo, perforando el silencio,
lo tangible, derrotando lo dado y la desidia con su
recurrencia de líneas y estocadas.
A Alberto Houellemont, independientemente de las preferencias
estéticas que nos muevan, hemos de reservar un
lugar meritorio en el arte nacional por su comprobada
virtud técnica, por la libertad. Y otros temas,
claro. Porque es versátil y diverso; no es artista
de aguas estancadas hasta la putrefacción. Aunque
va y vuelve sobre bodegones y paisajes, Houellemont
siempre es mejor, tiene capacidad y talento para asumir
los más radicales retos del arte, mostrando una
dedicación prolija poco conocida en artista de
su generación.
Su calidad de artista versátil se corrobora
ahora con una veintena de pinturas nuevas que desembocan
en lo abstracto y lo surrealista; que resultan de un
juego ondulante de líneas y estructuras, entretejidas
entre sí por la ley de “lo orgánico”,
reveladas por la puesta del acento sobre las luces y
el asombro.
Al juego de orlas, ondulaciones y cadencias de la
línea que en la pintura de Houellemont hoy predomina,
y que cultivaron tanto los prerrafaelistas y los simbolistas,
a ese derivar toda forma hacia la perfección
y la amistad de lo circular, lo fluido y lo intrincadamente
imprevisible, a la repetición en oleadas de ese
gusto por no levantar el trazo del soporte, en los orígenes
del arte abstracto denominaron orfismo.
Y es lo que está presente en la nueva obra
del Alberto Houellemont: el orfismo, aunque uno renovado
porque se nutre de un automatismo que desemboca a los
pies del surrealismo.
Y es surrealismo porque en estas obras nuevas de Houellemont
la realidad es trascendida gracias a un metaforizar
subconsciente que arrastra los recuerdos de natura y
sus productos, evocando el colorido de sus paisajes
y bodegones en un referencialismo que evoca al hombre
y sus mecanicismos.
Porque acusando los rasgos de un tiempo brutal, de
un temor visceral y de una esperanza que no se da por
aludida, impregna su fuerza y determinación en
las raíces de la luz, en la potencia germinal
del misterio.
Porque en ella los objetos se han liberado de la relación
causa-efecto, para venir a beber en el río de
la fantasía y en los postulados de Bretón
y de Dalí. Porque en ellas este artista Maestro
soslaya toda predisposición intelectual a lo
conocido, instalando el desconcierto como energía
reveladora que señala lo posible.
Obra nueva de color iridiscente, de atardeceres liberados
y de intuición planetaria estructurada como referencial
cosmicista a sistemas desconocidos, a mundos ignotos.
La realidad expuesta por Houellemont evoluciona de lo
micro orgánico a lo macro cósmico y con
Mario Bunge discurre sobre la estructura de la realidad;
con Marx elucubra una dialéctica larvaria de
solenoides y con Karl Jung invoca y plasma el sueño
como puerta de las premoniciones.
Pintura de la madurez, sin duda, y de la inconformidad:
de auto rechazo y auto afirmación; de amor a
un arte: esencia que en su majestad reclama, de rodillas,
al oficiante.
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