| El
arte de incluir anécdotas en
las exposiciones orales y escritas
con el debido acierto, sobre
todo, en los casos en que el contenido
de éstas reviste cierta rigurosidad,
resulta a veces tan difícil, como lograr
el preciso enfoque del tema que capte
adecuadamente la deseada atención de
un auditorio. En el ámbito de las relaciones
internacionales, por siglos han
existido autores dedicados a recopilar
anécdotas, algunas vinculadas a personajes
históricos de relevancia, pero
casi todas con un marcado e interesante
contenido, que suele servir de válido
recurso a los expositores, para incluir
matices en sus textos de una determinada
significación.
Por muchos años en este medio, una
de las anécdotas de cierto carácter más
citadas en diferentes circunstancias, se
refiere a una particular negativa de un
diplomático a cumplir gestiones reñidas
con la ética. Se trata de un caso
que tiene como marco la época de las
monarquías absolutas, y el protagonista
suele ser identificado únicamente
como “Monsieur de Faber”, quien al
recibir instrucciones en tal sentido del
“Todopoderoso Mazarino”, respondió:
“Monseñor, con facilidad hallará
usted
personas dispuestas a llevar mensajes
falsos, pero también necesita de personas
honestas que digan la verdad. Consérveme
para esto último”.
Muchos
textos de la literatura diplomática en
tiempos de la diplomacia secreta (hoy
proscrita), se refieren al denominado
“engaño astuto”. Incluso hay textos
de esa época que defienden la llamada
“mentira patriótica”. No es infrecuente
que en los mismos se cite el párrafo
de El Príncipe de Niccolo Machiavelli
(1469-1429), referente a las promesas
diplomáticas, que dice: “No deben cumplirse
tales promesas cuando su observancia
sea contraria a los intereses
del Príncipe, y cuando las causas que
indujeron a empeñar su palabra han
dejado de existir”. El autor, comprendiendo
al parecer la naturaleza vulnerable
de sus palabras, prosigue explicando:
“Si todos los hombres fueran
buenos, entonces este concepto sería
malo. Pero, por naturaleza los hombres
son malos y no observan sus palabras
hacia nosotros, del mismo modo, nosotros
no debemos cumplir nuestras promesas
hacia ellos. A ningún Príncipe le
han faltado razones para justificar su
falta de buena fe”.
No obstante, en el marco de la vigente
diplomacia
abierta o pública,
William McCamber
sostiene: “La
única manera en
que un agente
diplomático conserva
su utilidad
es desempeñando
su trabajo en
forma tal que siga mereciendo la confianza
de su patria y del país donde ejerce
sus funciones. El verdadero diplomático
a la vez que desecha este proceder
por razones prácticas y morales, deberá
estar en guardia contra él. El peligroso
juego de la falsedad es tan dañino como
el de la inocencia. Por eso las violaciones
inadvertidas o involuntarias están
tan sujetas a esta regla como las de
índole intencional. Nada debe proteger
más celosamente el diplomático de
verdad, que su reputación de persona
honesta”.
De otro lado, el eficaz manejo del
cauteloso lenguaje diplomático ha sido
objeto, a través del tiempo, de un número
significativo de frases célebres que
merecen recordarse. Entre éstas la de
A. Mousset cuando afirma: “Las personas
de la carrera diplomática no son
mundanas solamente por sus rangos y
sus relaciones. Lo son sobre todo por el
arte de saber disentir lo que conviene
silenciar”. No obstante, el más conocido
texto del autor, en igual sentido,
resulta ser el que dice: “Si un diplomático
dice sí, quiere decir quizás. Si dice
quizás, es que no. Y si dice no, es que no
es un diplomático.”
Finalmente cabe señalar, en cuanto
a las anécdotas que pueden escucharse
en actividades de índole protocolar,
que éstas, obviamente, no suelen tener
la calidad ni la utilidad de las referidas
precedentemente, por ser casi siempre
de contenido banal. Por cuanto, resulta
difícil encontrarles otro propósito a
no
ser causar hilaridad o tal vez la simpatía
del interlocutor.
El autor es Premio Nacional de
Didáctica, Diplomático de Carrera y
Actual Embajador en Brasil. |