Los
padres de clase media nos creemos que nuestros hijos
son la cosa más importante del mundo. Lo más
delicado, valioso y necesitado de cuido. Les ahorramos
cualquier dolor, cualquier prueba que podamos asumir
nosotros y evitarles a ellos. Andamos detrás
de sus pasos para prever cualquier tropiezo y sostenerlos
antes de caer. Por ejemplo yo, que le tengo terror a
las inyecciones, prefiero pagar una vacuna más
cara para que mis hijos no sufran más de un pinchazo
a la vez. Otras madres, amigas mías y conocidas,
se comportan como leonas con sus cachorros. Si los niños
no comen, les dan la comida sentados en sus piernas,
como a unos bebés, no importa la edad que tengan.
Si están enfermos, dejan de ir al trabajo y transforman
la casa en una especie de hospital acondicionado sólo
para el cuidado del niño. Así somos la
clase media. Los de clase alta se comportan aún
peor. He escuchado a madres, que andan con niñeras
uniformadas, justificar que sus hijos hasta golpeen
a estas empleadas a quienes les increpan “tu lo
molestaste”.
A veces veo estos niños tan creídos,
tan seguros de sí mismos, tan convencidos de
que se merecen el mundo, que hacen sentir incluso a
los adultos hechos y derechos, como a una cucaracha.
Resulta hasta gracioso ver cómo un “enano”
que cree en Santa Claus levanta la barbilla y muestra
la arrogancia de un monstruo ante niños de su
misma edad pero con menos cosas materiales. Eso lo aprenden
de sus padres, quienes les enseñan que a los
pobres no se les debe consideración alguna. Los
hijos de quienes no pueden pagar clínicas, colegios
y vehículos privados, que viven en barrios sin
calles ni aceras; asisten a escuelas y hospitales públicos
y crecen rodeados de marginalidad y violencia, no son
niños.
No se merecen el mismo trato considerado que los principitos
que cuidamos y mimamos en nuestras casas. Cuando se
perturba por un breve segundo, el que le tomó
enterarse de la noticia. Luego sigue su vida sin mayores
trastornos. Pero hay otros cuya inocencia matamos cada
día sin remordimientos de conciencia ni aspavientos.
Son los niños a quienes les enseñamos,
con un gesto o una frase, que tú eres “lo
que pareces”. Conozco uno que no ha cumplido aún
los tres años, y ya le tocó escuchar de
boca de un doctor la información de que no le
importaba en absoluto que se muriera porque él
no lo había parido. Me lo contó la madre
con una lágrima de rabia atrapada en unos ojos
llenos de desesperación. Imagino a ese mismo
médico desviviéndose en halagos, dando
globos y paletas de premio “por portarse bien”,
cuando sus pequeños pacientes se desmontan de
un carro de lujo con un cortejo de criados y familiares.
De seguro que la madre comentará de lo simpático
que es ese doctor que cuida con tanto amor a su pequeño
tesoro. Es que esos sin son niños, ángeles,
como los hijos del doctor, los otros, no.
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