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Cuando
madura, el jugoso fruto tiene
componentes que, según
estudios, previenen
el cáncer. |
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SANTO DOMINGO.- El tomate
tiene mucho que ofrecer a la nutrición de la
familia. Con un importante aporte de agua, minerales
y vitaminas, el fruto de la tomatera es, hoy por hoy,
uno de los productos más extendidos en la gastronomía
mundial.
Y es que, gracias a su versatilidad, se le puede encontrar
como ingrediente fundamental de salsas, ensaladas, sofritos,
caldos, rellenos y cada vez más en novedosas
recetas quizás impensables para los paladares
más tradicionalistas y menos arriesgados.
Pero, curiosamente, para ganarse el espacio que ocupa
actualmente en mesas y cocinas alrededor del globo,
el tomate tuvo un largo “peregrinar” que
inició en América, específicamente
en Perú, Ecuador y Chile, de donde es oriundo,
y siguió por Europa, adonde llegó desde
México. La roja y brillante baya no se volvió
popular sino hasta la aparición de la salsa de
tomate, en Europa, en el siglo XVIII, puesto que antes
de esa época se le asociaba con plantas venenosas
de su misma familia, las Solanáceas.
Ni americanos ni europeos sabían de lo que
se estaban perdiendo por el estigma asociado a la que
más tarde denominaron “manzana del amor”
o “manzana dorada”, porque la variedad introducida
originalmente en el viejo continente era de color amarillo.
De la segunda acepción proviene el vocablo italiano
“pomodoro”.
“El tomate es excelente para muchas cosas”,
afirma Claudette Díaz, nutrióloga.
Ese valor se desprende de su aporte nutritivo. En
cien gramos de tomate (y puede llegar a pesar entre
80 y 300 gramos) hay 18 calorías; 94 mililitros
de agua, 3.5 gramos de hidratos carbono, 1.4 gramos
de fibra, 250 miligramos de potasio, 27 de fósforo,
26.6 de vitamina C, 0.9 de vitamina E, 94 microgramos
de vitamina A y 29 de folatos.
Beneficios
La vitamina E es un antioxidante que protege el organismo
del envejecimiento celular, al igual que el ácido
ascórbico o vitamina C. Esta última, cuyos
requerimientos diarios pueden cubrirse con 200 gramos
de tomate, interviene también en la formación
del colágeno y los glóbulos rojos, y favorece
la absorción del hierro, de modo que puede combinarse
con alimentos que contengan este mineral para su mayor
aprovechamiento. La vitamina A beneficia la visión
y el sistema inmunológico y la B3 el sistema
digestivo. Mientras, el potasio interviene en la generación
de los impulsos nerviosos y en el equilibrio de agua
de las células.
“Y hay algo muy importante -enfatiza la nutrióloga-:
tiene un caroteno excelente, que es el licopeno, que
le da el pigmento rojo característico al tomate,
el cual también es buenísimo para evitar
el cáncer prostático, de mama, de colon,
páncreas y de pulmón”.
Para aprovechar los beneficios de este caroteno habría
entonces que preferir el tomate maduro, cuando el licopeno
tiene mucha mayor presencia en su composición.
Como el tomate se caracteriza fundamentalmente por
su contenido de agua y bajos niveles de calorías,
no debe faltar en los regímenes recomendados
a las personas que desean eliminar toxinas y bajar de
peso, quienes pueden aprovechar la rápida sensación
de saciedad que causa para evitar llevarse a la boca
más alimento del necesario.
Por si todo esto fuera poco, se le considera un excelente
diurético y digestivo, por eso, el zumo de tomate
puro se emplea en casos de estreñimiento. Y aunque
por mucho tiempo se ha dicho que los pacientes con cálculos
renales o con ácido úrico elevado deberían
evitar el tomate, Díaz explica que esta limitante
no tiene fundamento.
Si bien es cierto que el tomate produce ácido
oxálico, la misma sustancia que da lugar a la
aparición de piedras en los riñones, su
contenido es tan “moderado” como el de la
lechuga e inferior al del té y las espinacas.
“Contiene (ácido oxálico), pero
no en las cantidades necesarias para convertirse en
un problema”, asegura la nutrióloga. Vistas
ya todas las cualidades que se le atribuyen a este comestible,
cabe la pregunta: ¿Cómo conviene ingerirlo?
“Crudo, sin pelarlo, sólo lavándolo
con agua y unas gotas de cloro” para eliminar
restos de contaminación, sugiere Díaz,
para quien no cabe dudas de que el tomate es más
sabroso solo, pues, aunque la mayoría de los
dominicanos prefiera darle un toque de sal, “para
poder apreciar su sabor, debe consumirse en su estado
natural”.
Si se emplea en salsas, la recomendación varía
un poco. En este caso, se sugiere eliminar la fina piel
que lo recubre para que el preparado no quede con sabor
amargo.
Cuando están maduros, los tomates se pueden
guardar en la nevera, pero cuando están verdes
no, porque el frío impide que terminen de madurar
adecuadamente y modifica su sabor. Tampoco es aconsejable
guardarlos junto a las cebollas, porque se pudren más
rápido.
Lo ideal, aunque no siempre lo más práctico,
es conservar los verdes en un lugar fresco y alejado
de la acción directa del sol o, si desea que
maduren rápido, introducirlos en una funda plástica.
Pelados y hervidos pueden congelarse con el fin de preparar
salsas para acompañar sus pastas, una opción
más idónea que añadir salsa de
tomate industrial, que conserva “muy pocas propiedades
del tomate”.
Para consumirlos frescos, hay que verificar que estén
bien maduros, que su color sea rojo vivo; su aspecto,
brillante; su piel, lisa; su consistencia, blanda; y
su estado, perfecto, sin magullones o manchas.
Una fruta?
Como el aguacate, la versatilidad del tomate lo ha
hecho quedar atrapado en medio de una curiosa dualidad
y aparente indefinición. Unos lo consideran fruta
y otros, hortaliza.
La confusión convirtió al hijito de
la tomatera en el protagonista de un debate que llegó
a la mismísima Suprema Corte de Justicia de Estados
Unidos a finales del siglo XIX.
En 1883, el congreso de ese país aprobó
una ley que establecía una carga impositiva de
10 por ciento a todas las importaciones de verduras
y vegetales, y en la lista de artículos gravados
se hallaba el tomate que, desde el punto de vista botánico,
es en realidad una fruta y no una hortaliza. Un importador
de nombre John Nix llevó el caso a la justicia
y así fue como el 10 de mayo de 1893, la Suprema
Corte de Justicia de EE. UU. dictaminó que, pese
a que botánicamente los tomates eran frutas,
no le parecía así al común de la
gente, que los consumía como vegetales o verduras
y, por tanto, debían pagar los impuestos señalados
por ley.
La misma mezcla de acidez y dulzor que caracteriza
al tomate, que en República Dominicana se cultiva
en Azua, Baní, Barahona, Duvergé y Jimaní,
incide en el hecho de que sea considerado tanto en el
renglón de las frutas como en de las hortalizas,
aunque no cabe dudas de que su consumo como postre está
muy lejos de considerarse una costumbre tan natural
como la ingesta de dulces de cualquier otra fruta.
Así como pueden variar sus usos en la cocina,
el tomate presenta diversidad de formas y tamaños,
que van desde los pequeños y redondeados tomates
cherry hasta los carnosos Dan-Ronc, ideales para ensaladas;
los monserrat, de forma lobulada, y los tomates pera,
cuya forma hace honor al nombre que se les ha asignado.
Del tomate se puede decir, incluso, que fue la primera
fruta en viajar al espacio, cuando millones de semillas
fueron colocadas en la Instalación de Exposición
de Larga Duración para orbitar la Tierra por
cinco años como parte de una investigación.
Su nombre procede del término nahua “tomatl”,
que significa “fruta hinchada”, y en México,
país que contribuyó con su internacionalización
en época de la conquista, se le conoce como jitomate.
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