| Santo
Domingo.- La sección Las Lagunetas, de
San José de Ocoa, es la cuna, como he dicho,
de los ancestros de mi familia materna.
En aquel lugar al que sólo se puede acceder
en motochoncho, a pie, montado en burro o en un vehículo
4 X 4, todavía corren de boca en boca diversas
versiones de cuentos de tradición oral, coplas,
chuines, cuartetas, romances, cantos de trabajo y de
velación, adivinanzas, juegos infantiles, etc.
Sería muy difícil establecer las fuentes
que han servido para que tantas muestras del folklore
tradicional oral hayan llegado hasta allí. Pero
lo cierto es que uno se sorprende cada vez que va a
Las Lagunetas y le dice a Toña Díaz, rememorando
lo cantado por ella en una ocasión anterior,
con esa voz limpia y de tonalidades muy claras:
Muchachita buenamoza,
pega un brinco y cae acá.
Una característica de las fuentes que pueden
servir de informantes es que todas son mujeres; y, por
más señas, ya bien entradas en edad. Mis
reminiscencias infantiles me hacen recordar a aquellas
grandes matronas, de bellísimos y marcados rasgos
mulatos, que se reunían en la casa de la abuela
Lala para pasar la noche cantando o contando: Mello,
Liona, Billí, Esperanza, Nicó y Lupita.
Adriana Díaz, la más presta a cantar
algunas cosas de las que su memoria aún conserva,
o a contar un cuento que aprendió de sus antecesores,
tiene dos versiones del antiguo romance español
que lleva por título “Las señas
del esposo” o “La partida del esposo”,
difundido hasta en la cultura sefardita, y que recuerda
un poco la marcha de Ulises (Odiseo) así como
la fidelidad y espera de la paciente esposa. La versión
en verso es la siguiente:
--Caballero, caballero,
caballero que eres tal;
tú que vienes de lo hereje,
¿me das razón de mi esposo?
--¿Y qué muestra me da usted?
Tal vez lo conoceré.
--Érase un mocito claro
con el habla muy cortés;
y en el lado izquierdo carga
un pendón de Ginové.
--Por la razón que me ha dado
su marido muerto es;
y en el testamento dijo
que me case con usted.
--Válgame a la Virgen Pura
y a mi madre Santa Inés,
que mi familia no ha visto
casada segunda vez.
Tres hijito tengo de él:
uno le doy al arroz,
otro le doy al clavel,
para que rueguen por él.
Siete años lo he esperado
siete más lo esperaré.
si a los siete no viniera,
a monja me meteré.
En la versión contada, el caballero le dice
a la mujer, cuando ésta le pregunta por el esposo
que hace siete años no ve:
Por la razón que me ha dado
su marido muerto es;
que en el juego de los dados
lo ha matado Ginové.
Y los niños son ofrecidos así:
uno a las ánimas, otro a la Virgen
y el tercero al Gran Poder
de Dios.
En ambas versiones, la nacionalidad del matador del
esposo se convierte en protagonista y pasa a ser nombre
propio, en vez de un gentilicio de lugar: “genovés”
se transfor ma en el nombre propio Ginové.
Este personaje cambia según el lugar en que
se cante el romance, cuya difusión se extiende
prácticamente por todos los pueblos donde se
habla el español; y hasta aparecen variaciones
dentro de una misma nación.
Así, por ejemplo, en Valencia (España),
según la versión recogida por Juan de
Ribera en su libro Nueve romances, y que es anterior
a 1605, el asesino es “un milanés”;
en la Rioja es “un inglés”; en Azua
(República Dominicana) es “un cañón
francés”; en el sur de Chile aparece como
“un filomé”; en Lagos Moreno (Jalisco,
México) es “un japonés”; en
Granada (Nicaragua) es “un traidor francés”;
en Guárico (Venezuela), ha muerto “en la
casa de un inglés”.
Debe resaltarse, sin embargo, que en la mayoría
de las versiones aparece como asesino “un genovés”.
Respecto a esto último, y quizás por ahí
se encuentre la razón de que en la versión
nuestra sea “Ginové”, tal vez se
precise volver al libro ya citado Juan de Ribera y extraer
la siguiente estrofa de “Las señas del
esposo”:
--Por esas señas, señora,
tu marido muerto es:
en Valencia lo mataron
en casa de un ginovés.
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