Santo Domingo

Viernes 19 de enero del 2007

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VENTANA
Las señas del esposo
ANDRÉS BLANCO DÍAZ

Santo Domingo.- La sección Las Lagunetas, de San José de Ocoa, es la cuna, como he dicho, de los ancestros de mi familia materna.

En aquel lugar al que sólo se puede acceder en motochoncho, a pie, montado en burro o en un vehículo 4 X 4, todavía corren de boca en boca diversas versiones de cuentos de tradición oral, coplas, chuines, cuartetas, romances, cantos de trabajo y de velación, adivinanzas, juegos infantiles, etc.

Sería muy difícil establecer las fuentes que han servido para que tantas muestras del folklore tradicional oral hayan llegado hasta allí. Pero lo cierto es que uno se sorprende cada vez que va a Las Lagunetas y le dice a Toña Díaz, rememorando lo cantado por ella en una ocasión anterior, con esa voz limpia y de tonalidades muy claras:

Muchachita buenamoza,
pega un brinco y cae acá.

Una característica de las fuentes que pueden servir de informantes es que todas son mujeres; y, por más señas, ya bien entradas en edad. Mis reminiscencias infantiles me hacen recordar a aquellas grandes matronas, de bellísimos y marcados rasgos mulatos, que se reunían en la casa de la abuela Lala para pasar la noche cantando o contando: Mello, Liona, Billí, Esperanza, Nicó y Lupita.

Adriana Díaz, la más presta a cantar algunas cosas de las que su memoria aún conserva, o a contar un cuento que aprendió de sus antecesores, tiene dos versiones del antiguo romance español que lleva por título “Las señas del esposo” o “La partida del esposo”, difundido hasta en la cultura sefardita, y que recuerda un poco la marcha de Ulises (Odiseo) así como la fidelidad y espera de la paciente esposa. La versión en verso es la siguiente:

--Caballero, caballero,
caballero que eres tal;
tú que vienes de lo hereje,
¿me das razón de mi esposo?

--¿Y qué muestra me da usted?
Tal vez lo conoceré.

--Érase un mocito claro
con el habla muy cortés;
y en el lado izquierdo carga
un pendón de Ginové.

--Por la razón que me ha dado
su marido muerto es;
y en el testamento dijo
que me case con usted.

--Válgame a la Virgen Pura
y a mi madre Santa Inés,
que mi familia no ha visto
casada segunda vez.

Tres hijito tengo de él:
uno le doy al arroz,
otro le doy al clavel,
para que rueguen por él.

Siete años lo he esperado
siete más lo esperaré.
si a los siete no viniera,
a monja me meteré.

En la versión contada, el caballero le dice a la mujer, cuando ésta le pregunta por el esposo que hace siete años no ve:

Por la razón que me ha dado
su marido muerto es;
que en el juego de los dados
lo ha matado Ginové.

Y los niños son ofrecidos así:
uno a las ánimas, otro a la Virgen
y el tercero al Gran Poder
de Dios.

En ambas versiones, la nacionalidad del matador del esposo se convierte en protagonista y pasa a ser nombre propio, en vez de un gentilicio de lugar: “genovés” se transfor ma en el nombre propio Ginové.

Este personaje cambia según el lugar en que se cante el romance, cuya difusión se extiende prácticamente por todos los pueblos donde se habla el español; y hasta aparecen variaciones dentro de una misma nación.

Así, por ejemplo, en Valencia (España), según la versión recogida por Juan de Ribera en su libro Nueve romances, y que es anterior a 1605, el asesino es “un milanés”; en la Rioja es “un inglés”; en Azua (República Dominicana) es “un cañón francés”; en el sur de Chile aparece como “un filomé”; en Lagos Moreno (Jalisco, México) es “un japonés”; en Granada (Nicaragua) es “un traidor francés”; en Guárico (Venezuela), ha muerto “en la casa de un inglés”.

Debe resaltarse, sin embargo, que en la mayoría de las versiones aparece como asesino “un genovés”. Respecto a esto último, y quizás por ahí se encuentre la razón de que en la versión nuestra sea “Ginové”, tal vez se precise volver al libro ya citado Juan de Ribera y extraer la siguiente estrofa de “Las señas del esposo”:

--Por esas señas, señora,
tu marido muerto es:
en Valencia lo mataron
en casa de un ginovés.

 

 

 
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